
“Porque a menudo se les vislumbra en las vidas de
los grandes, deslizándose hacia el fondo, ocultando,
pienso a veces, un guiño, una risa, tal vez una lágrima”.
—Virginia Woolf
En la primavera de 1944, mientras una guerra mundial se desataba en Europa y Asia, un agresor silencioso e invisible se infiltró en el condado de Catawba, en Carolina del Norte. La primera víctima de la que se tuvo noticia fue una niña rubia de 17 meses de Hickory llamada Linda Kiser. Tras enfermarse a principios de junio, la niña había sido trasladada de urgencia al hospital de la cercana ciudad de Charlotte por la enfermera de salud pública del condado.
El 7 de junio, un titular en primera plana del Hickory Daily Record anunciaba el terrible diagnóstico: POSIBLE CASO DE POLIO EN TRATAMIENTO.
De hecho, se trataba de polio, y la pequeña Linda no sería el último caso. En las semanas siguientes, la enfermedad se propagó desde Catawba hacia los condados vecinos, y los niños que presentaban síntomas de polio inundaron el Charlotte Memorial Hospital y el North Carolina Orthopedic Hospital en Gastonia.
Una coalición integrada por personal médico, artesanos calificados, miembros de la comunidad e incluso grupos de trabajo de prisiones se puso en marcha. El 21 de junio, se evacuó un campamento de verano para niños en el lago Hickory, y su único edificio de piedra se amplió con tiendas de campaña y construcciones erigidas a toda prisa. Un hospital del Ejército de los Estados Unidos donó docenas de catres y colchones, y en tres días, el Campamento de Salud del condado de Catawba se transformó en el Hospital de Emergencia para la Parálisis Infantil de Hickory, que recibió a sus primeros pacientes el 24 de junio.

Imágenes del hospital para pacientes con polio que, como por arte de magia, surgió de la noche a la mañana en Hickory.
Crédito de la imagen: Alfred Eisenstaedt/The LIFE Picture Collection/Shutterstock
Ralph McDonald, presidente estatal de la Fundación Nacional para la Parálisis Infantil (más tarde conocida como March of Dimes ), se maravilló de lo que se había logrado en tan poco tiempo. “La forma en que se está desarrollando el campamento es casi un milagro”, dijo. “No sé cómo se logró”, agregó Stone Crane, subdirector de ayuda en casos de desastre de la Cruz Roja Americana. “Pero el hospital está ahí para hablar por sí mismo: cuenta con personal suficiente y funciona satisfactoriamente”.
Con el deseo de presenciar este milagro por sí misma, la revista Life envió a Hickory a su fotógrafo estrella, Alfred Eisenstaedt. A finales de julio, 14 de las impactantes fotos en blanco y negro de Eisenstaedt aparecieron en la revista semanal de gran formato bajo el título “Parálisis infantil”, y es aquí donde vemos por primera vez a la Dra. Dorothy Horstmann.
En el mundo de la investigación sobre la polio, donde el campo está dominado por los nombres de dos hombres —Jonas Salk y Albert Sabin—, el nombre de Horstmann es poco conocido fuera del círculo de expertos de la disciplina. Pero sin el descubrimiento revolucionario de Horstmann sobre la forma en que el virus de la polio se desplaza por el cuerpo para atacar el sistema nervioso central, tal vez nunca hubiera existido una vacuna contra la polio.
Sin embargo, en 1944, Horstmann solo contaba, en el mejor de los casos, con una teoría. Para convencer a sus colegas médicos, primero tuvo que demostrar la validez de esa teoría. Y eso fue lo que la llevó a ella y a dos de sus colegas de la Facultad de Medicina de Yale al condado de Catawba.
Horstmann aparece en dos de las fotos del reportaje de la revista Life. En la primera, está recogiendo moscas de una trampa; los insectos se enviarán a Yale para someterlos a pruebas con el fin de demostrar o refutar la teoría de que las moscas transmiten el virus.

Horstmann (abajo, con un vestido a cuadros) recolecta moscas para su investigación sobre la polio.
Crédito de la imagen: Alfred Eisenstaedt/The LIFE Picture Collection/Shutterstock
La segunda foto está más relacionada con la línea de investigación específica de Horstmann. Además, es una de las imágenes más conmovedoras, no solo de ese número, sino de toda la ilustre carrera de Eisenstaedt. Un niño está recostado en una camita plegable, con la cabeza, con el pelo muy corto, apoyada en una almohada. Junto a su cama hay otros tres niños. Uno de ellos, una niña pequeña, sostiene con fuerza una muñeca, y los tres miran con seriedad al niño.
Al otro lado de la cama está sentada Dorothy Horstmann, extrayendo una muestra de sangre del brazo izquierdo del niño. Al igual que las moscas, la muestra de sangre, una de tantas, se enviará a Yale. El niño no ha contraído la polio, pero uno de sus hermanos sí, y Horstmann está ansiosa por saber si hay algún indicio del virus en la sangre del niño. Quizás así sea como la polio se propaga por el cuerpo, aunque todas las pruebas recopiladas hasta ahora sugieren lo contrario. Aun así, aquí en Hickory y en otras partes del país donde la polio sigue causando estragos, Horstmann seguirá tomando sus muestras y viendo qué puede aprender.
El hospital de emergencia permaneció abierto hasta 1945, momento en el que la epidemia de polio ya había remitido. A lo largo de esos meses, atendió a 454 pacientes. Dieciséis de ellos fallecieron.
El 5 de marzo, los últimos pacientes que quedaban fueron trasladados al Charlotte Memorial Hospital. Entre ellos se encontraba Linda Kiser, de 2 años, pero si hojeas las páginas del Hickory Daily Record, verás que se recuperó. Aquí la vemos ganándose un lugar en el cuadro de honor de tercer grado, visitando Washington, D.C., en una excursión escolar, y dirigiendo una representación de Mujercitas como profesora de inglés de preparatoria.
¿Y Dorothy Horstmann? Si te fijas bien, también podrás verla de refilón mientras trabaja con ahínco, a menudo en segundo plano, para vencer el flagelo de la polio.

Horstmann toma una muestra de sangre en el hospital especializado en polio de Hickory, Carolina del Norte.
Crédito de la imagen: Alfred Eisenstaedt/The LIFE Picture Collection/Shutterstock
La imagen más vívida que tenemos de Dorothy Horstmann aparece en un libro de Lynn Cullen titulado La mujer con la cura. Ahí encontrarás todo lo que puedas querer saber sobre esta pionera olvidada en la lucha contra la polio: su infancia en Spokane y San Francisco; su amor por la Sonata al claro de la luna de Beethoven; su ascenso en una profesión dominada casi exclusivamente por hombres.
De alguna manera, también tenemos acceso a sus pensamientos más íntimos. Aunque, ¿es así realmente? Pues, tal como se indica en el aviso legal al principio del libro, La mujer con la cura es una obra de ficción. Quizás sería más preciso decir que se trata, en parte, de una obra de ficción. Si bien algunos personajes son inventados, otros se basan, al menos en parte, en personas reales que participaron en la lucha contra la polio. Y aunque gran parte de los detalles biográficos sobre Horstmann son reales, algunos son puras conjeturas.
En el epílogo de su novela, Cullen explica: “Aunque la Dorothy Horstmann que conoces en esta novela se basa en lo que pude recabar sobre su vida a partir de artículos, cartas, libros, censos y fuentes orales, para esta historia se convirtió en una creación mía. … En todo momento, La mujer con la cura es una novela, no una biografía”.
Lo cual puede ser motivo de frustración si, como yo, estás tratando de dar con la verdadera Dorothy Horstmann. No pude encontrar ninguna biografía convencional sobre ella, y una vez que has leído la novela de Cullen, es imposible olvidarla. Me queda la impresión imborrable de una doctora diligente, compasiva y brillante que, además —según la descripción que hace la novela—, es una diosa extraordinariamente alta, hermosa e irresistible. Esta Horstmann imaginaria confiesa un deseo tácito e insatisfecho de tener un hijo. Hay una historia de amor inventada con un luchador por la libertad danés ficticio llamado Arne Holm, un hombre al que Horstmann abandona para dedicarse a las artes de Esculapio. “¿Qué estaría dispuesta a sacrificar para salvar a los niños de todo el mundo?”, preguntó Cullen al referirse al (fracasado) romance entre Horstmann y Holm con la bloguera literaria N.J. Mastro. “Lo triste es que un hombre no tendría que tomar esta decisión”.

De izquierda a derecha: El Dr. David Bodian, quien también llevó a cabo investigaciones sobre la polio en el torrente sanguíneo, aparece sentado junto a Horstmann en 1952; la novela de Lynn Cullen presenta a una versión ficticia de Horstmann; Horstmann posa junto a sus colegas en la Facultad de Medicina de Yale en esta fotografía de 1945
Crédito de la imagen: (Bodian) AP/Ed Ford, (portada del libro) cortesía de Lynn Cullen, (grupo) Escuela de Salud Pública de Yale
La confusa mezcla de realidad y ficción me hace cuestionar todo lo que aprendí sobre Horstmann a través de La mujer con la cura. Así que demos un paso atrás y veamos lo que sabemos con certeza.
Dorothy Millicent Horstmann nació el 2 de julio de 1911 en Spokane, Washington. Cuarenta y cuatro años después, cuando Horstmann disfrutaba de su breve momento de fama, el diaro The Tacoma News Tribune publicó —en su sección de sociedad— un artículo sobre una chica de Washington que había triunfado. O, como decía el titular de la nota: “Una trabajadora de Spokane participa en el descubrimiento de la vacuna de Salk”.
La nota ofrece algunos detalles que ayudan a dar vida a la figura de Horstmann. En él se revela que financió sus estudios en la Universidad de California, Berkeley (Licenciatura en Letras, 1936), y en la Universidad de California, San Francisco (Doctorado en Medicina, 1940), dando clases de piano. También está esta observación (que pone de manifiesto los estereotipos de la época): “Todo lo contrario de la imagen popular de la mujer científica: no es brusca, tímida, delgada ni encorvada, sino una mujer alta y muy atractiva, con rizos rubios rojizos, una linda sonrisa, una capacidad memorable para reírse y un enfoque muy humano en el laboratorio, en el salón de clases y junto al lecho del enfermo”.
Aunque inicialmente la rechazaron para una residencia en la Universidad de Vanderbilt en Nashville, Tennessee, donde el jefe de medicina insistía en contratar solo a hombres —”No es que me sintiera precisamente destrozada, pero sí decepcionada”, dijo Horstmann—, la aspirante a médica se sorprendió varios meses después al recibir una carta de Vanderbilt en la que le ofrecían un puesto. Igualmente sorprendido se quedó el jefe médico de Vanderbilt cuando Horstmann se presentó a trabajar: Se le había olvidado que su nueva contratada era una mujer.
De Vanderbilt pasó, en 1942, a la Facultad de Medicina de Yale y a su recién creada Sección de Medicina Preventiva; la sección estaba dirigida por el Dr. John Paul, quien 11 años antes había cofundado la Unidad de Estudio de la Poliomielitis de Yale. En Yale, Horstmann haría su contribución más importante a la medicina: un descubrimiento que (según una evaluación de su trabajo realizada en 2011) “cambiaría de manera fundamental lo que se creía hasta entonces sobre la transmisión y la patogénesis de la polio”.

Izquierda: En abril de 1951, Horstmann se embarca en otro viaje de descubrimiento.
Crédito de la imagen: (Barco) Universidad del Sur de California/Getty Images; (Retrato) William B. Carter
Mientras los médicos buscaban formas de detener la propagación de la polio, se sentían frustrados por no poder responder una pregunta fundamental. La propia Horstmann planteó esa pregunta en una reflexión retrospectiva sobre esa búsqueda científica: “¿Cómo llega el virus al sistema nervioso central?”, preguntó, y luego dio los primeros indicios de una respuesta. “La invasión a través de la sangre parecía una posibilidad probable, pero los intentos realizados a lo largo de los años para demostrar la viremia [la presencia de un virus en la sangre]… habían arrojado en su mayoría resultados negativos”.
Para validar esa “posibilidad probable”, Horstmann y sus colegas viajaron a cualquier lugar de Estados Unidos donde hubiera un brote de polio; eso fue lo que la llevó a Hickory, Carolina del Norte, en 1944. Esos viajes resultaron infructuosos; la pista que Horstmann buscaba se encontraba más cerca de casa.
En 1943, se desató un brote de polio en New Haven, Connecticut, sede de la Universidad de Yale. El 12 de agosto, una niña de 9 años, identificada para la posteridad únicamente como E. Bun., fue ingresada en el hospital. Tenía fiebre y se quejaba de rigidez, pero no mostraba signos de debilidad ni de parálisis. Aun así, los médicos le tomaron de inmediato una muestra de sangre a la niña y, el 14 de agosto, se le inyectó intracerebralmente una muestra modificada de esa sangre a un mono rhesus. El 16 de agosto, la señorita Bun recibió la alta del hospital, y el mono vacunado tenía fiebre alta y, según la cuenta del equipo de investigación, “presentaba una parálisis facial completa del lado izquierdo y debilidad en las extremidades”. Un día después, el mono fue sacrificado por piedad.
A lo largo de cinco brotes distintos entre 1943 y 1944, Horstmann había tomado muestras de sangre de 111 pacientes con sospecha de polio. La muestra de la niña de New Haven fue la única en la que se detectó el virus. Con esta escasa evidencia de que el virus de la polio podía existir y, de hecho, existía en el torrente sanguíneo, Horstmann continuó con su investigación, aunque pasarían años antes de que pudiera anunciar con seguridad la prueba de su descubrimiento. En 1952, en un breve artículo titulado “El virus de la polio en la sangre de monos y chimpancés infectados por vía oral”, Horstmann demostró que una “posible explicación” de por qué no se había encontrado el virus de la polio en el torrente sanguíneo de los pacientes con polio radicaba en el hecho de que los detectives médicos habían llegado demasiado tarde a la escena del crimen. Y es que, según escribió, la presencia del virus en la sangre se produce “al inicio del período de incubación”. Para cuando un paciente presentaba síntomas de polio, ya fueran “paralíticos o no paralíticos”, el cuerpo ya había generado anticuerpos que eliminaban cualquier rastro del virus en la sangre.

Imágenes del hospital para pacientes con polio que, como por arte de magia, surgió de la noche a la mañana en Hickory.
Crédito de la imagen: Alfred Eisenstaedt/The LIFE Picture Collection/Shutterstock
El anuncio oficial de su descubrimiento se realizó el 15 de abril de 1952 en la reunión anual de la Asociación Estadounidense de Inmunólogos. Como informó la revista Time, Horstmann había descubierto el “[paso] que faltaba en la teoría ampliamente aceptada de que la polio se transmite directamente desde el tracto digestivo a las fibras nerviosas y, por lo tanto, al sistema nervioso”. En cambio, tal como postuló Horstmann, “el virus pasa del sistema digestivo al torrente sanguíneo y, desde allí, si no es destruido por los anticuerpos, llega al sistema nervioso”.
Para gran alivio de los padres de todo el mundo, ahora existía una vía clara hacia el desarrollo de una vacuna que, al estimular la producción de anticuerpos en la sangre, pudiera reducir drásticamente —y algún día eliminar— la amenaza omnipresente de la polio.
Pero Horstmann aún no había terminado. “Había tanto por aprender”, como ella decía.
Hay una foto, tomada en la década de 1970, que captura a la perfección este aspecto de su personalidad: la científica sentada en el laboratorio, mirando tan fijamente por el microscopio que bien podría no darse cuenta de que alguien le está tomando una foto. La foto fue tomada en Yale, donde Horstmann pasó el resto de su carrera, como lo demuestran otras fotos: Dorothy, rodeada de sus colegas médicos, en su mayoría hombres, mostraba de vez en cuando esa sonrisa por la que era merecidamente famosa.
Horstmann hizo mucho más que posar para las fotos. En 1959, la Organización Mundial de la Salud la envió a la Unión Soviética para evaluar la eficacia de la vacuna oral contra la polio de Albert Sabin, que ya se había introducido allí antes de que se aprobara su uso en Estados Unidos. “Basándose en un informe que ella redactó”, relató otro de esos colegas varones de Yale, “la OMS autorizó la vacuna de Sabin sin un ensayo a gran escala de lo que llamaríamos fase III, en el que se demostrara la eficacia de la vacuna”.
A mitad de su carrera, Horstmann cambió su enfoque hacia la atención pediátrica y desempeñó un papel crucial en el desarrollo de la vacuna contra la rubéola. En 1961 fue nombrada profesora titular en la Facultad de Medicina de Yale —la primera mujer en alcanzar ese rango en la institución— y más tarde se convirtió en la primera mujer de Yale en ocupar una cátedra financiada por una donación (que lleva el nombre de su difunto colega y mentor, John Paul). Además, ocupó el cargo de presidenta de la Sociedad de Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos y, en 1975, fue elegida miembro de la Academia Nacional de Ciencias.
Horstmann se jubiló de Yale en 1982. Para conmemorar su partida, la revista Yale Journal of Biology and Medicine publicó un número especial —una Festschrift— dedicado a Horstmann, que consistía principalmente en una recopilación de artículos científicos sobre enfermedades infecciosas. Pero incluía algunas reflexiones personales. En un recuerdo entrañable, Albert Sabin relató aquella ocasión en 1943 en la que él (por entonces mayor del Ejército de los Estados Unidos) y Horstmann se estaban “divirtiendo en la pista de baile”. Al parecer, con bastante vehemencia, pues un joven teniente le dio una palmada en el hombro y le suplicó: “Mayor, tómeselo con calma”.
Y John Enders, quien ganó un Premio Nobel por su trabajo sobre la polio, recordó la “emoción que todos sentimos” 30 años antes, cuando Horstmann anunció su gran avance y “se tuvo que dejar de lado la creencia generalizada de que el virus se reproducía únicamente en las células nerviosas”. El impacto de ese informe, escribió Enders, “aún hoy me resulta muy intenso, y pensar en él me da nuevas energías”.
La Dra. Dorothy Horstmann falleció en New Haven el 11 de enero de 2001. Según sus obituarios, padecía la enfermedad de Alzheimer, un final especialmente triste para una mujer tan brillante y llena de vida. Dieciocho años después, la Facultad de Medicina de Yale presentó su retrato, pintado a título póstumo. Reemplazó a la fotografía enmarcada, que según se informa se encontraba “en mal estado”, y que había estado colgada durante muchos años en la escuela.
Prefiero volver a Hickory y terminar con una última imagen diferente de Horstmann. Es finales de junio de 1944, y ella está de pie, erguida y relajada, frente al edificio de ladrillo que alberga la oficina de salud pública del pueblo. El fotográfo del Daily Record la ha tranquilizado o, tal vez, para esta recién llegada, aún no se ha dado cuenta de la espantosa realidad del hospital para pacientes con polio junto al lago Hickory. Tiene las manos ligeramente entrelazadas por debajo de la cintura y, lo mejor de todo, está sonriendo, ansiosa por salir del encuadre y dar a conocer su presencia.
Esta historia aparece en la edición de octubre de 2026 de la revista Rotary.
