
En apenas unos pasos hemos recorrido 2000 años de la historia de Barcelona. Las ruinas de un templo romano. Una iglesia medieval que atesora las reliquias del patrono mártir de la ciudad. Una sala de conciertos modernista revestida con mosaicos. En cada esquina asoman pintorescos edificios y la intimidad de patios rebosantes de vegetación, fuentes y obras de arte.
Sé que estoy bajo los efectos del desfase horario, pero no es por eso que la cabeza me da vueltas. Albert Torras, quien compagina su profesión de periodista con la de guía turístico y será mi acompañante esta tarde, me tranquiliza: "Lo mejor que uno puede hacer en Barcelona es perderse por esta zona, en el centro", dice.
Llegué hace unas horas para descubrir por mi cuenta los encantos de esta ciudad que a tantos cautiva y que será la sede de la Convención de Rotary International 2027, del 26 al 30 de junio. Torras, socio del Club Rotario de Barcelona Alba, y Montse Moral, del Club Rotario de Sant Cugat del Vallès, se reúnen conmigo en el Gran Hotel Havana una vez que me hube recuperado del vuelo y hube saboreado las primeras (no así las últimas) croquetas del viaje. Construido en 1882, en este histórico hotel de lujo funciona la sede del Club Rotario de Barcelona y, durante los próximos días, la sede de mis aposentos.
Mientras caminamos desde el céntrico distrito de l'Eixample hacia el Barrio Gótico, Torras me deleita contándome la historia de Barcelona y la región a la que pertenece, Cataluña. Los romanos fundaron la ciudad a finales del siglo I a. C. y le dieron el nombre Barcino. A mediados del siglo XII, Cataluña pasó a formar parte de la Corona de Aragón, que posteriormente conquistó partes del Mediterráneo occidental, entre ellas Valencia, Sicilia, Cerdeña, Nápoles y Atenas. "Fue el país más importante del Mediterráneo entre los siglos XII y XIV", afirma Torras.

Albert Torras, del Club Rotario de Barcelona Alba; la arquitectura del Barrio Gótico; Montse Moral, del Club Rotario de Sant Cugat del Vallès.
Se podría decir mucho más, pero eso nos lleva al punto donde nos encontramos ahora: la entrada del Barrio Gótico. El barrio se construyó en la época en que Barcelona era una potencia del Mediterráneo. Durante el recorrido, pasamos por la ornamentada Catedral de Barcelona, dedicada a Santa Eulàlia, quien, con apenas 13 años, fue martirizada durante la persecución de los cristianos del siglo IV en todo el Imperio Romano. Hablando de los romanos, la catedral se emplaza dentro de lo que fue la ciudad romana original. Torras señala los grandes bloques de piedra a los pies de las estructuras aledañas: son las murallas romanas originales. Los ladrillos más pequeños que se observan más arriba se colocaron posteriormente.
Continuamos por una calle estrecha junto a la iglesia, y la atmósfera se vuelve más tenue. Contemplamos el antiguo palacio real y su torre, cuya forma recuerda a la de una corona, y pasamos por el Archivo de la Corona de Aragón, edificio que alberga varias piezas documentales reconocidas por la UNESCO.
Para comprender su relevancia, es preciso retomar nuestra lección de historia. En 1469, Fernando II de Aragón se casó con Isabel de la vecina Castilla, sentando así las bases para la unificación de España. En 1492, Cristóbal Colón, un explorador patrocinado por ellos mismos, reclamó tierras en las Américas para España, dando así el puntapié inicial para que el país se convirtiera en potencia mundial. El Archivo de la Corona de Aragón conserva varios documentos históricos relacionados con esa expedición.
Los comerciantes catalanes que hacían fortuna en las Américas fueron los responsables de la arquitectura por la que Barcelona goza de amplio reconocimiento: la del movimiento modernista.
Mi primer encuentro con la arquitectura modernista catalana sucede justo a las afueras del Barrio Gótico, en el Palau de la Música Catalana, el edificio que más le llama la atención a mi mente aún aturdida por el vuelo. Este lugar, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y diseñado por Lluís Domènech i Montaner —nacido en Barcelona y fundador del movimiento modernista—, está adornado con pilares de mosaico con motivos florales y bustos de renombrados compositores. Si el tiempo es tirano y no te es posible conocerlo por dentro, puedes pedir algo en la cafetería que hay a la vuelta de la esquina, en planta baja, y admirar las flores de cerámica y los vitrales que integran los motivos naturales típicos de este movimiento.
Mis amistades rotarias prometen deslumbrarme con mucho más modernismo mañana, pero la lluvia que empieza a caer nos obliga a tomar un café bajo techo. A medida que la lluvia amaina, el resplandor de la ciudad es evidente. Me despido de Torras, y con Moral salimos a recorrer La Rambla, el famoso paseo peatonal de Barcelona. La calle es conocida por la efervescencia de su ambiente, pero esta noche reina la tranquilidad. (Será, quizás, la lluvia, de la que suelen huir las multitudes).
Giramos hacia la plaza Reial y Moral extiende los brazos de par en par. "Que la disfrutes", dice. Y entiendo el porqué: La plaza, cerrada al tráfico de vehículos y colmada de palmeras, da la sensación de ser un oasis en la ciudad. En derredor, la bordean edificios de estilo clásico donde funcionan restaurantes y discotecas.
Moral sugiere tomarnos una selfie junto a la fuente del centro, pero antes de que podamos retratar el momento, un grupo de jóvenes se le acerca para que les saque una foto. Trabajan para una empresa internacional aquí en Barcelona, y provienen de países como Portugal, Brasil y Alemania, entre muchos otros. Moral les hace el favor con una sonrisa.
"Barcelona es una ciudad muy antigua, con mucha historia, pero también es muy moderna", comenta. "Hay mucha gente joven. La innovación es constante".
Antoni Gaudí es prácticamente sinónimo de Barcelona. Tuve contadas horas para apreciar una muestra de las fantásticas obras del arquitecto, pero uno podría dedicar prácticamente todo su tiempo libre a recorrer la ciudad y admirar sus obras maestras.

El Passeig de Gràcia fue el epicentro del modernismo a principios del siglo XX; un edificio diseñado por Gaudí en el Parque Güell, que hoy alberga la tienda de recuerdos del parque; detalle de la Basílica de la Sagrada Familia; Montse Moral, Tomàs Masucci, del Club Rotaract de Barcelona-Diagonal, y Aleix Martorell, del Club Rotaract del Vallès, contemplan la Basílica de la Sagrada Familia de Barcelona, una maravilla arquitectónica y la iglesia más alta del mundo.
Y lo más sensato es que así lo hagan, porque, a pesar de mis afanes de observación, no he logrado dar —me temo— con las palabras indicadas para hacer justicia al espíritu quimérico y mágico de los edificios y espacios verdes que Gaudí diseñó. "Uno podría estar una hora observando todo y luego darse cuenta de que hay detalles que había pasado por alto", sostiene Aleix Martorell, rotaractiano del Club Rotaract del Vallès, mientras contemplamos la maravilla arquitectónica de Gaudí: la Basílica de la Sagrada Familia, la iglesia más alta del mundo.
Gaudí comenzó a trabajar en la basílica en 1883, y desde entonces ha estado en construcción. El 10 de junio de este año, en el centenario de la muerte del arquitecto, el papa León XIV bendijo la torre más alta de las 14 que adornan el templo, que había sido recientemente terminada. ¿Te gustaría entrar y maravillarte con gigantescas columnas arboriformes y un techo que imita la frondosidad de un bosque? Lo mejor es reservar las entradas con anticipación, que es exactamente lo que habré hecho de aquí a junio, cuando regrese para la convención.
Mientras bordeamos el edificio, converso con Tomàs Masucci, socio del Club Rotaract de Barcelona-Diagonal, cuyos padres se conocieron en sus épocas de rotaractianos. Este joven de 20 años es rotaractiano desde hace dos y vive a unos 15 minutos a pie de la basílica.
"Es muy importante familiarizarse la ciudad", recomienda. "Recorrer las calles, conocer cómo se vive aquí. Hay construcciones que no vas a encontrar en ningún otro lugar del mundo, como la Sagrada Familia y otros edificios modernistas. Eso está solo aquí, en Cataluña".
Durante el siglo XIX, mientras que el resto de España atravesaba varias adversidades, Barcelona vivió un auge industrial y un repunte en su riqueza. Esas circunstancias dieron lugar a un creciente orgullo regional entre los catalanes, todavía palpable en el presente, que se reflejó en el modernismo. Los mecenas adinerados contrataron a arquitectos catalanes para que diseñaran edificios aún más extravagantes. Si bien el movimiento artístico comenzó a perder vigor a principios del siglo XX, hoy en día es posible encontrar cientos de edificios en la ciudad dotados de elementos modernistas, nueve de los cuales figuran en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO.
Caminamos en dirección al distinguido paseo de Gràcia, el epicentro del modernismo a principios del siglo XX. Aquí, separados por unas pocas cuadras, se alzan otros dos edificios diseñados por Gaudí: la serpenteante Casa Milá y la mágica Casa Batlló, cuyo techo evoca al lomo escamoso de un dragón. Cuando pasees por allí, presta atención a las floridas farolas de la calle, a tono con los bancos revestidos con mosaicos y las baldosas decorativas de las aceras, que reciben el nombre de panot. Y cuando te hayas deleitado a más no poder con lo arquitectónico, el paseo de Gràcia ofrece una panoplia de tiendas de lujo, con marcas como Cartier, Prada y Chanel.
Tras haber pasado toda la mañana de paseo en paseo, el hambre se apodera de mí. Por suerte, dos nuevos amigos de Rotary están a punto de mostrarme cómo vivir la vida mediterránea a lo grande.

Julio Sorjús (a la izquierda), exdirector de RI, y Sergio Aragón, presidente de la Comisión Organizadora Anfitriona de la convención, en el Reial Club Marítim de Barcelona; una mesa repleta de tapas.
Sergio Aragón y Julio Sorjús están sentados en la terraza del Reial Club Marítim de Barcelona, cerveza en mano y un platito de variopintas aceitunas sobre la mesa. Las banderas de los numerosos veleros atracados en el puerto deportivo del club náutico centenario flamean al compás de la suave brisa. Los teleféricos surcan el cielo sobre el mar y, a lo lejos, se divisa a los transeúntes que pasean por la Rambla de Mar, un sinuoso puente de madera que funciona como una prolongación natural sobre el agua de la famosa calle peatonal de Barcelona y que lleva hasta el histórico Port Vell.
Me siento en la terraza y Aragón me explica que, aunque Barcelona es una ciudad costera, gran parte de su historia transcurrió de espaldas al mar. El crecimiento inicial de la ciudad se dio dentro del Barrio Gótico que visité más temprano. Luego, la ciudad se expandió cuando, en el siglo XIX, se derribaron las antiguas murallas (el nombre de esta parte más nueva de la ciudad, "L’Eixample", significa "ensanche" en catalán). No obstante, los lugareños poco y nada frecuentaban la zona ubicada frente al mar, que se utilizaba para la industria pesada.
Todo eso cambió con los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. "La ciudad experimentó una fuerte transformación, y uno de los lugares que cambió fue la zona que da al mar", afirma Aragón, presidente de la Comisión Organizadora Anfitriona (COA) de la convención. "Toda esta zona fue objeto de un proceso de reestructuración que la hizo mucho más atractiva". Hoy en día, el Puerto Olímpico cuenta con hoteles, locales comerciales, restaurantes, gran vida nocturna y playas. "Es un lugar muy ameno para pasear todo el día", agrega.
Mientras charlamos, los meseros nos traen unas tapas, esos pequeños abrebocas para compartir que han dado fama mundial a España: alcachofas fritas, calamares, mejillones, una salsa ahumada de berenjena y un crudo de pescado preparado con limón. Pasamos de hablar de la ciudad a empezar hablar de todo, desde jabalíes hasta la cría de aves de corral y la cultura del café. ("No quiero sonar exagerado", dice Aragón, "pero los dos lugares del mundo donde degustar el mejor café son Italia y España"). Sorjús, exdirector de Rotary International y presidente de la COA cuando Barcelona fue sede de la Convención de Rotary International 2002, me pregunta por Santiago Calatrava, el arquitecto español responsable del monumento más famoso de mi ciudad natal, Milwaukee: un impactante pabellón que se incorporó al museo de arte de la ciudad. Mientras hablamos, hago alguna que otra pausa para saborear un bocado y, claro, suspirar con regocijo. Delicioso.

Vista desde el Reial Club Marítim; unas copas en la playa de la Barceloneta; una tarde relajante en la playa de la Barceloneta; una paella en Sitges, un pueblo costero al suroeste de Barcelona.
"Todo esto —la gastronomía, la cultura, la amabilidad— es lo que los socios de Rotary de Barcelona compartirán con quienes asistan a la convención en junio", afirma Aragón. "Barcelona es una ciudad que atrae mucho", agrega. "Es cosmopolita, cordial, tranquila. El ambiente mediterráneo y los alrededores hacen que sea un lugar muy interesante".
La primera convención de Rotary a la que asistió Aragón, fue en Portland, Oregón (EE. UU.), en 1990. Para él, los principales atractivos eran la oportunidad de dimensionar el alcance de Rotary y la facilidad con la que se pueden establecer contactos. "Surgen amistades que luego duran muchos muchos años", comparte. Después de haberme dado el gusto con otra tradición española —la siesta de la tarde—, regreso a la zona frente al mar para dar un paseo nocturno por la playa de la Barceloneta. A lo largo del trayecto flanqueado por palmeras, hay quienes disfrutan de la playa desde la comodidad de una manta y quienes juegan al vóleibol o a un improvisado partido de fútbol.
Cientos de deportistas pasan corriendo a toda velocidad, agitando banderas y con la música sonando al máximo en los altavoces que llevan en la espalda. Me detengo a observarlos, tentada a unírmeles y dejarme llevar por la energía de la ciudad.
En España, las corridas de toros están protegidas por ley y constituyen una parte del patrimonio cultural del país, si bien esta práctica encuentra cada vez más oposición. Aunque la última corrida de toros en Barcelona tuvo lugar en 2011, es posible vivenciar parte de esa historia visitando Arenas de Barcelona, a unas pocas paradas en metro del lugar donde se celebrará la convención. La plaza de toros se inauguró en 1900 y organizó su última corrida en 1977, tras lo cual estuvo inutilizada durante años hasta su posterior restauración y transformación en un centro comercial. Hoy, al cruzar la fachada de estilo neomudéjar —un estilo arquitectónico español cuyas raíces se remontan al pasado islámico del país—, decenas de tiendas, un cine y múltiples locales para comer y beber te dan la bienvenida.
"Puede que hoy en día las plazas de toros, los toros y todo ese mundo no gocen de la misma aceptación", dice Laia Marín, socia del Club Rotario de Barcelona y una de las arquitectas que trabajó en el proyecto, "pero forman parte de nuestra cultura e historia".
Si bien las corridas de toros ya son cosa del pasado en Barcelona, Marín afirma que están trabajando para acercar otras tradiciones a la Convención de Rotary que se celebrará en junio. "Estamos preparando una convención muy centrada en lo cultural, para que los rotarios puedan respirar al máximo la cultura catalana", afirma.
Marín, quien se afilió al Club Rotario de Barcelona en 2013 tras haber sido rotaractiana durante un tiempo, asistió a su primera convención en 2019, en Hamburgo (Alemania). Allí, le fue grato descubrir todo lo que Rotary llevaba a cabo fuera de los confines de su club. "Cuando vas a una convención internacional", reflexiona, "ves lo que funciona".

Laia Marín, del Club Rotario de Barcelona; la vista desde Montjuïc; el Parque Güell.
Marín me lleva a la azotea del recinto, que goza de una vista panorámica completa de la ciudad, además de restaurantes donde entretener el paladar y la mirada con el paisaje. Según explica Marin, es uno de sus lugares favoritos para llevar a cenar a los rotarios que están de visita. "Se puede ver la puesta de sol, el Montjuïc y mucho más", enumera.
Allí nos dirigimos ahora, justamente: al Montjuïc, el "monte de los judíos", llamado así por un cementerio judío que había en la montaña en la época medieval. También se extiende un inmenso parque urbano con arboleda que se construyó como sede de la Exposición Internacional de Barcelona en 1929 y que posteriormente se remodeló para los Juegos Olímpicos de 1992. Hoy, si recorres sus senderos, encontrarás instalaciones deportivas, museos, jardines y el castillo de Montjuïc.
Partiendo de Las Arenas, caminamos desde la rotonda de la plaza de Espanya y seguimos por una calle bordeada de fuentes hasta llegar a la Fuente Mágica de Montjuïc, una fuente gigantesca que, haciendo gala de su nombre, ofrece espectáculos de luz y color coreografiados en determinadas noches (el calendario actualizado se puede consultar en línea). Incluso durante el día, las finísimas partículas de agua en suspensión y la sombra de los árboles ofrecen una apacible pausa del sol estival.
Subimos por una escalera mecánica ubicada a los laterales de una serie de cascadas y llegamos a la terraza del Museu Nacional d’Art de Catalunya. Nos unimos al gentío que, sentado en las escalinatas frente al museo de arte —que en sus orígenes fue el Palacio Nacional de la Exposición Internacional de 1929—, se ha llamado a disfrutar de las vistas panorámicas de la ciudad.
Es aquí que dimensiono la magnificencia de la Sagrada Familia de Gaudí. Es algo de otro mundo: una obra que se alza por encima del entramado citadino que se extiende a sus pies. La iglesia se construyó con la intención de que fuera un poco más baja que el Montjuïc, y ningún otro edificio de Barcelona la supera en altura.
Seguimos vagando por el parque hasta llegar a las piscinas de salto que fueron parte de los Juegos Olímpicos de Barcelona, inmortalizadas en un sinnúmero de fotos de atletas olímpicos zambulléndose en el agua con la silueta de la ciudad como telón de fondo. Hoy en día, el espacio ha sido reformado en un restaurante al aire libre, el Salts Montjuïc. Desde nuestra mesa, disfrutamos de unas vistas aún más espectaculares de la ciudad.
Se nos une Albert Torras, mi guía turístico durante el paseo por el Barrio Gótico: luce muy elegante y listo para la inauguración de una exposición fotográfica que ha ayudado a organizar y que tendrá lugar en unas horas más. Nos hemos dado cita para participar de otra tradición española: la hora del vermut, justo antes del almuerzo. Hasta ahora, mi experiencia con el vermut, un vino fortificado, se limitaba a utilizarlo como ingrediente en cócteles, pero, en España, el vermut, blanco o tinto, es una bebida en sí misma que se sirve con hielo y como aperitivo, acompañada de algo para picar. "Normalmente se toma antes del almuerzo, antes de la cena o al despertarse", bromea Torras. "Cualquier momento es un buen momento".

Visitantes fotografiando a El Drac en el Parque Güell; detalle del banco con forma de serpiente marina revestido de mosaicos en el Parque Güell; la Torre Glòries al atardecer.
Hago una pausa para recuperar el aliento en el hotel donde me hospedo antes de reencontrarme con Aleix Martorell, uno de mis amigos rotaractianos del día anterior. Esta vez nos dirigimos al Park Güell, un espacio público diseñado por Gaudí que atesora una nueva tanda de vistas panorámicas de la ciudad. Eusebi Güell, leal mecenas de Gaudí, encargó al artista que diseñara una urbanización para familias pudientes. El proyecto, sin embargo, resultó inviable, y solo se construyeron dos de las 60 viviendas previstas. Gaudí vivió en la casa piloto junto con su padre y su sobrina. Después del fallecimiento de Güell, la ciudad adquirió el parque.
Qué suerte la nuestra, debo decir, porque lo que queda parece sacado directamente de una película de Disney. El monumento más fotografiado del parque es una salamandra revestida con mosaicos conocida como El Drac ("el dragón", en catalán), dispuesta en el centro de la escalinata doble de la entrada principal. Pero mi tramo preferido se halla en la terraza superior: un banco de mosaicos de colores y en forma de serpiente marina que zigzaguea por el borde entero de la plaza. Fue Gaudí quien popularizó este estilo de mosaico, que se obtiene a partir de fragmentos de cerámica o vidrio y recibe el nombre de trencadís (y que, por cierto, sirvió de inspiración para el logotipo de la Convención de Rotary International 2027).
A cada paso que damos, mi boca solo es capaz de expresar mi admiración con vocales. "¡Oh!", "¡ah!", se me oye decir, pero para mis adentros, pienso: ¡viaductos en piedra que parecen sacados de un cuento de hadas! ¡Casas como las del mundo de Willy Wonka! En medio de tantos estímulos, le pregunto a Martorell qué opinan los barceloneses sobre Gaudí: ¿les agrada todo esto o ya están hartos de que se asocie Barcelona a su obra? Me asegura que el arte es un componente vital de la identidad de la ciudad. "La gente está muy orgullosa", comenta.
Cuando empieza a oscurecer, nos dirigimos a Tope, un bar con azotea. Nos mueve la excusa de aprovechar el atardecer para fotografiar el paisaje urbano y la vecina Torre Glòries, un rascacielos con una característica forma de pepino que se ilumina por la noche. La música retumba y una guirnalda de luces alumbra las mesas del lugar. Es hora de brindar. Por un día más en Barcelona. Por una ciudad que rezuma fantasía por donde se la mire.
Este artículo fue publicado originalmente en el número de septiembre de 2026 de la revista Rotary.
