


Al principio parecía simplemente una gripe fuerte.
La enfermedad se apoderó de Danielle Stanisic mientras se encontraba en Nueva York realizando un trabajo de investigación; era la primera vez que vivía lejos de su hogar en Australia. Sin embargo, fueron sus compañeros de laboratorio quienes se alarmaron e insistieron en que se hiciera las pruebas. Resultó que Stanisic, quien había viajado a Papúa Nueva Guinea seis meses antes, tenía malaria.
La semana siguiente en el hospital fue una sucesión confusa de sufrimiento, pero al echar la vista atrás 20 años después, lo que más destaca Stanisic de aquella dura experiencia es lo afortunada que fue. “Tuve acceso a una atención rápida y eficaz en un hospital”, afirma. “No tuve que preocuparme de que los medicamentos fueran falsificados. No tuve que preocuparme de que no tuvieran suficientes líquidos para la vía intravenosa. No tuve que preocuparme por nada de eso. Eso no es lo habitual en los países donde la malaria es endémica”.
Hoy en día, Stanisic es una inmunóloga veterana especializada en combatir parásitos. En lo más alto de su lista de objetivos se encuentra el invasor biológico que causa la malaria, una enfermedad que mata a unas 600 000 personas cada año, la mayoría de ellas en lugares donde no tienen ni de lejos la suerte que ella tuvo al acceder a la atención médica.

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La malaria ha atormentado a la humanidad durante milenios. Esta enfermedad, causada por un parásito transmitido por mosquitos, ha afectado a generaciones desde tiempos de personajes como Alejandro Magno, de quien se cree que murió a causa de ella a orillas del Éufrates. También se han encontrado rastros de parásitos de la malaria en restos momificados de la sangre de Tutankamón.
Hoy en día, aunque la enfermedad es prevenible y tratable, la malaria sigue siendo una fuerza mortal y destructiva en amplias zonas del mundo, sobre todo en África, donde se concentran el 95 % de los casos y las muertes. Se estima que, en 2024, la malaria afectó a 282 millones de personas y causó la muerte de 610 000, de las cuales aproximadamente el 75 % eran menores de 5 años.
La enfermedad se transmite a los seres humanos a través de la picadura de algunos mosquitos Anopheles hembras. Los síntomas más comunes son fiebre, dolor de cabeza y escalofríos. Si no se trata, la infección puede derivar en una enfermedad grave con fatiga, convulsiones y dificultad para respirar, y puede provocar coma o la muerte en tan solo 24 horas desde la aparición de los síntomas. Aunque la malaria no es contagiosa ni se transmite directamente de persona a persona, los mosquitos que se alimentan de la sangre de una persona infectada pueden contraer el parásito y transmitirlo a otras personas.
En las dos primeras décadas de este siglo, el riesgo de malaria se redujo gradualmente en las zonas afectadas, siendo el factor más importante, sin duda alguna, la adopción de medidas preventivas como los mosquiteros tratados con insecticidas que pueden durar tres años o más y la fumigación de las paredes interiores con insecticidas de efecto igualmente duradero. Gracias a estas medidas, la Organización Mundial de la Salud ha certificado que 47 países están libres de malaria, entre ellos Egipto, China y, más recientemente, la República Democrática de Timor Oriental en 2025. Los medicamentos contra la malaria también salvaron vidas.
Sin embargo, desde el inicio de la pandemia de COVID-19, el número de casos ha vuelto a aumentar. Además los recortes globales en la financiación de la ayuda podrían provocar un nuevo y devastador retroceso en los avances logrados. «Una tormenta perfecta de cambio climático, creciente resistencia a los medicamentos y a los insecticidas, perturbaciones en el comercio e inseguridad global socava aún más la eficacia de las intervenciones contra la malaria y amenaza con revertir los avances, conseguidos con tanto esfuerzo, que se han logrado desde el año 2000», advierte un informe de 2025 elaborado por la Alianza de Líderes Africanos contra la Malaria, de carácter intergubernamental, y la organización sin ánimo de lucro Malaria No More UK. La ronda de compromisos del año pasado con la asociación del Fondo Mundial, que recauda fondos para luchar contra la malaria, el sida y la tuberculosis, arrojó menos resultados que la ronda anterior, en 2022. Los autores del informe predicen que, si no se alcanza el nivel anterior de financiación, se producirá un aumento aún mayor del número de casos de malaria y de muertes.
La aprobación por parte de la OMS, a partir de 2021, de dos vacunas revolucionarias contra la malaria —las primeras de la historia dirigidas contra parásitos— está dando esperanzas de que este sombrío pronóstico pueda evitarse e incluso de que la enfermedad pueda erradicarse. Hay docenas de otras posibles vacunas en fase de desarrollo. Entre ellas se encuentra una prometedora candidata que están desarrollando Stanisic y su equipo en Australia.
Durante décadas, los científicos han tratado de descifrar cómo entrenar al sistema inmune del organismo para que combata la malaria de forma más eficaz. Los parásitos que causan la enfermedad llevan existiendo millones de años, por lo que hemos evolucionado juntos, atrapados en una guerra implacable de superación biológica. En algunas zonas propensas a la malaria, por ejemplo, las mutaciones genéticas en los seres humanos han cambiado la forma y el comportamiento de los glóbulos rojos. Un ejemplo, el rasgo de células falciformes, puede hacer que los glóbulos rojos infectados con el parásito de la malaria se autodestruyan junto con los invasores.
Al mismo tiempo, este astuto parásito desarrolló formas sofisticadas de eludir las defensas de nuestro organismo. Los parásitos de la malaria cambian de forma a lo largo de su ciclo vital, modificando drásticamente su aspecto y sus características superficiales. Esto supone un problema para los “policías de patrulla” de nuestro sistema inmune, es decir, los anticuerpos, que dibujan “fichas policiales” de los patógenos para identificarlos rápidamente y pedir refuerzos si vuelven a detectarlos.
Las vacunas modernas, incluidas las dos vacunas contra la malaria aprobadas hasta ahora, entrenan al sistema inmune a menudo utilizando solo una parte de una única proteína de superficie de ese patógeno. Es una forma segura de que los anticuerpos elaboren ese “cartel de ‘Se busca’” sin riesgo de una infección real. Pero los parásitos de la malaria son maestros del camuflaje y pueden transformarse rápidamente para evadir la respuesta de nuestro sistema inmune.

Investigadores del Instituto de Biomedicina y Glicómica de la Universidad de Griffith están desarrollando una posible vacuna candidata, denominada PlasProtecT.
Los eucaliptos se mecen perezosamente con la brisa cálida que rodea el Instituto de Biomedicina y Glicómica de la Universidad de Griffith, mientras los turistas abarrotan las playas cercanas de la Costa Dorada de Australia. Es aquí donde Stanisic y su colega, el inmunólogo Michael Good —investigador principal del proyecto—, están desarrollando su posible vacuna candidata, denominada PlasProtecT, con la ayuda de una colaboración con los clubes rotarios de Australia para la recaudación de fondos.
Aquí, en un ajetreado laboratorio, los refrigeradores zumban y los investigadores miran a través de los microscopios mientras dan golpecitos para contar los parásitos. Arriba, en la oficina de Good, el escritorio está repleto de artículos de investigación, revistas de biología y programas de congresos. Detrás de él hay una fotografía enmarcada de múltiples parásitos de la malaria, una imagen captada por los pioneros de este campo en el siglo XIX. Una placa de reconocimiento yace, aparentemente olvidada, en la parte inferior de su librero.
Good ha dedicado 40 años a la investigación de los parásitos de la malaria. Durante uno de los primeros ensayos con vacunas, hace aproximadamente una década, su equipo le inyectó Plasmodium falciparum, la especie más letal de parásito de la malaria. La autoexperimentación voluntaria ha sido una práctica habitual en la investigación médica a lo largo de la historia, aunque hoy en día lo sea menos, y Good consideraba que era importante. “Quería poder decir: ‘Bueno, yo estoy dispuesto a inyectármelo. No voy a darles nada que yo mismo no esté dispuesto a tomarme’», afirma Good.
Los parásitos estaban vivos, pero debilitados mediante un proceso conocido como atenuación, que hace que los patógenos sean inofensivos al tiempo que el sistema inmunitario sigue reconociéndolos. Es el mismo proceso que se utiliza de forma segura en vacunas para todo tipo de enfermedades, desde la varicela hasta la gripe.
Los parásitos de esta primera prueba no se habían debilitado lo suficiente, y Good pronto se encontró temblando bajo una montaña de mantas en la cama de su casa. Pero, al igual que Stanisic, tenía a su alcance una atención médica de primer nivel y se recuperó rápidamente.

Danielle Stanisic y Michael Good, del Instituto de Biomedicina y Glicómica de la Universidad Griffith, están desarrollando una posible vacuna contra la malaria gracias a una colaboración con los clubes rotarios de Australia para recaudar fondos.
Este episodio obligó a los investigadores a volver a empezar desde cero para ajustar la fórmula, al tiempo que respaldaba algunos de sus enfoques más generales. Hoy en día, congelan los parásitos para matarlos —no solo para debilitarlos— y agrupan los componentes fragmentados en una vesícula lipídica junto con otros compuestos para potenciar la respuesta inmunitaria. Esta versión experimental no presenta ningún riesgo de infección por malaria. “A este bicho lo hemos matado congelándolo”, afirma Good. “Sería como meter a una persona en un tanque de nitrógeno líquido, sacarla y esperar que se levante y se vaya andando. No lo harán”.
Cuando un mosquito infectado por el parásito de la malaria pica a una persona, unos diminutos parásitos con forma de gusano escapan de las glándulas salivales del insecto y se cuelan en la piel. Estas formas del parásito, conocidas como esporozoitos, se adentran en el torrente sanguíneo, desde donde se dirigen al hígado en cuestión de minutos u horas. Allí crecen y se dividen durante aproximadamente una semana, transformándose en formas ovaladas conocidas como merozoitos. Cuando estos merozoitos han madurado por completo, unos 30 000 de ellos salen del hígado, listos para invadir los glóbulos rojos.
Los merozoitos se adhieren a un glóbulo rojo, le hacen un agujero, se cuelan dentro y sellan la entrada para esconderse del sistema inmunológico. Una vez dentro, el parásito comienza a devorar la proteína hemoglobina, dividiéndose una y otra vez hasta que unas dos docenas de copias quedan apretujadas unas contra otras, como personas en una pista de baile abarrotada.
Las paredes celulares estallan, lanzando nuevos merozoitos al torrente sanguíneo. Y el ciclo vuelve a empezar.
Es en este momento cuando los huéspedes comienzan a presentar síntomas. A medida que los merozoitos rompen las paredes celulares, los productos de desecho inundan el torrente sanguíneo, lo que desencadena una respuesta inmunitaria masiva acompañada de fiebre y escalofríos.
La destrucción de los glóbulos rojos por la malaria puede provocar anemia, fatiga, dolores, bajos niveles de oxígeno en la sangre e incluso daño a los órganos. Puede suceder tan rápido que, para cuando los niños llegan al hospital, ya necesitan urgentemente una transfusión de sangre.
Si no se trata, la malaria puede causar la muerte, a veces en tan solo 24 a 48 horas. Los que corren mayor riesgo son los niños, las mujeres embarazadas, las personas con el sistema inmunológico debilitado y quienes nunca han tenido la enfermedad.
Se ha demostrado que las dos vacunas aprobadas por la OMS que se utilizan actualmente, Mosquirix y R21, reducen los casos de malaria en los niños en más del 50 por ciento durante el primer año después de la serie inicial de tres dosis. (Al cabo de un año, se recomienda una cuarta dosis para prolongar la protección, que disminuye con el tiempo.) En zonas donde la transmisión es muy estacional y se concentra en unos pocos meses del año, estas vacunas previenen alrededor del 75 por ciento de los casos cuando se administran cada temporada. Se están ofreciendo a los niños en 25 países de África junto con las vacunas infantiles de rutina, con el objetivo de llegar a más de 10 millones de niños al año —una meta que, hasta el momento, está en riesgo debido a la limitada financiación.
Según los modelos, estas vacunas podrían salvar la vida de aproximadamente medio millón de niños para 2035 si se ampliara su distribución en zonas de transmisión moderada y alta, afirma la OMS.
Mientras tanto, se vislumbran más herramientas y vacunas en el horizonte, entre ellas PlasProtecT de la Universidad de Griffith, que está a punto de iniciar ensayos clínicos gracias a los más de 3,1 millones de dólares australianos (aproximadamente 2,2 millones de dólares estadounidenses) recaudados por el Distrito Rotario 9640.
Se diferencia de las otras vacunas utilizadas en el campo, entre otras cosas, porque actúa contra el parásito de la malaria después de que este haya salido del hígado y haya entrado al torrente sanguíneo. “Al contar únicamente con vacunas que se dirigen a la etapa hepática de la infección, existe el riesgo de que baste con que un solo parásito escape del hígado para que comience la etapa sanguínea de la infección”, afirma Christian Engwerda, inmunólogo celular del Instituto de Investigación Médica QIMR Berghofer, en Brisbane. “En un mundo ideal, tendríamos una vacuna que cumpliera estas tres funciones: que previera la infección hepática, la infección en la fase sanguínea y la transmisión de regreso a los mosquitos”.
La vacuna PlasProtecT también puede congelarse o tratarse mediante liofilización para convertirla en polvo sin que ello afecte a su eficacia, lo que facilita su transporte y lo hace más económica. Además, contiene más de 5,000 proteínas del parásito de la malaria, lo que ofrece protección contra una gama más amplia de cepas y especies del parásito —un enfoque conocido como “vacuna de parásito completo”.
Está previsto que los ensayos clínicos de fase 1 en humanos de PlasProtecT comiencen este año. Las primeras pruebas de la vacuna mostraron resultados prometedores. “Nuestros modelos preclínicos demuestran que este enfoque de vacuna basada en el parásito completo estimula respuestas inmunitarias muy buenas contra diferentes cepas”, afirma Stanisic.

La vacuna candidata PlasProtecT, que están desarrollando investigadores de la Universidad de Griffith, puede congelarse o tratarse mediante liofilización para convertirla en polvo sin que ello afecte a su eficacia, lo que facilita su transporte y lo hace más económica.
Su experiencia con la enfermedad pone de manifiesto la necesidad de contar con diversas herramientas para combatir la malaria, incluidas las vacunas. Durante su viaje a Papúa Nueva Guinea hace tantos años, Stanisic, al igual que muchos viajeros, tomó como medida preventiva medicamentos contra la malaria, que eliminan los parásitos de la malaria del torrente sanguíneo. Pero en su caso, algunos de los parásitos permanecieron latentes en su hígado y solo reaparecieron meses después, una vez que el medicamento ya había dejado de surtir efecto —un riesgo asociado a dos de las cinco especies de parásitos de la malaria.
“Por eso necesitamos una vacuna altamente eficaz”, afirma, “algo que permita desarrollar la propia inmunidad y detenga el desarrollo del parásito en la sangre”.
Los sectores filantrópico y gubernamental están inmersos en un intenso debate sobre qué campañas y herramientas de salud pública respaldar con recursos limitados y cuáles son las más prometedoras. Algunos gobiernos están reduciendo sus promesas de donación de manera generalizada. Stanisic es contundente en su análisis: los científicos se enfrentan a lo que denominan el “valle de la muerte”, es decir, brechas de financiamiento que provocan que tecnologías prometedoras se pierdan.
Desde el principio, su equipo recurrió a Rotary en busca de apoyo. Stanisic solía dar charlas a un grupo de socios de Rotary de Australia dedicado a la erradicación de la malaria, y en 2015 se unió a un nuevo club satélite del Rotary con sede en la Universidad de Griffith. Después de que ella solicitara fondos para comprar un equipo de laboratorio, los socios de Rotary recaudaron el dinero con gran entusiasmo en una semana. Una de ellas, Sandra Doumany, se dio cuenta de inmediato del potencial que tenían los clubes rotarios para involucrarse más. “Lo que eso demostró fue el poder de Rotary”, afirma Doumany, socia del cercano Club Rotario de Hope Island y exgobernadora de distrito. “El hecho de que pudiéramos responder en el plazo de una semana, para mí, eso fue lo que demostró el poder de Rotary”.

La rotaria Sandra Doumany ha contribuido a liderar las iniciativas de recaudación de fondos para que la investigación en el laboratorio de la Universidad de Griffith pueda continuar.
En 2017, se puso en marcha el Proyecto de la Vacuna contra la Malaria como una alianza formal entre los investigadores de Griffith y el Distrito 9640 de Rotary. El objetivo del proyecto es recaudar los fondos necesarios para mantener la investigación durante los ensayos clínicos de Fase 1 y 2, que son fundamentales y suelen coincidir con el momento en que la financiación gubernamental termina y la de la industria aún no ha comenzado.
Doumany es la presidenta del comité directivo del Proyecto de la Vacuna contra la Malaria y organiza una gala benéfica anual de etiqueta; en la más reciente se recaudaron alrededor de AU$86,000 (US$56,000). Los miembros del proyecto también organizan jornadas de golf, ferias náuticas, asados y reuniones para dar a conocer el trabajo y conseguir donantes.
Otro rotario que ayuda a liderar estas iniciativas es Ross Smith, un optimista director de escuela jubilado y socio del club rotario de Burleigh Heads. El exgobernador de distrito recorre el mundo sin descanso para recabar apoyos para la campaña y apenas tuvo tiempo de recuperarse del desfase horario tras un reciente viaje internacional antes de asistir a la última cena de gala. “La malaria es la causa de la mayor cantidad de muertes en el planeta, de todos los tiempos”, afirma Smith. Sin embargo, agrega, las actividades para la captación de fondos pueden ser un reto cuando la malaria afecta principalmente a las regiones más pobres del mundo.
Para Smith, no se trata en absoluto de una enfermedad abstracta. Su papá contrajo la enfermedad varias veces mientras estuvo prisionero de guerra de los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial en Singapur. Más de medio siglo después, Smith tuvo su propia experiencia con el parásito mientras se encontraba en una pequeña escuela de Tanzania como parte de un proyecto de Rotary. Una noche, una mujer australiana que trabajaba en la escuela se había enfermado de lo que resultó ser malaria y necesitaba ir al hospital. Smith la llevó en auto. “Estaba sudando y se sentía hinchada. Se veía muy mal”, recuerda Smith. Durante el tenso trayecto en auto, de 5 millas en la oscuridad por un camino lleno de baches, Smith no estaba segura de si lograría llegar. Se sentía impotente. Después de pasar varios días en el hospital, logró salir adelante.
El Día Mundial contra la Malaria, que se celebra el 25 de abril, es una oportunidad para que los socios de Rotary logren un impacto tangible en las comunidades donde la enfermedad es endémica. Para apoyar esas labores, el Grupo de Acción de Rotary contra el Paludismo (otro nombre de la malaria) abrió una convocatoria para solicitar subvenciones de 2500 dólares cada una, destinadas a proyectos que abarcan desde la distribución de mosquiteros tratados con insecticida y kits de pruebas de diagnóstico rápido hasta programas educativos en escuelas y campañas en redes sociales.
El grupo de acción recibió 91 solicitudes y otorgó 33 subvenciones. “La inmensa energía creativa que se refleja en estas numerosas propuestas demuestra un interés por la erradicación de la malaria que marca un antes y un después”, afirma Dan Perlman, presidente del grupo de acción. “Estas subvenciones cambian vidas, pero también nos cambian a nosotros. Rotary nos mantiene comprometidos con el servicio, nos une más allá de las fronteras culturales y nos recuerda que el progreso se logra cuando las personas actúan con determinación y dedicación”.

El rotario Ross Smith, que ha sido testigo de primera mano de los efectos de la malaria, recorre el mundo para impulsar las iniciativas de recaudación de fondos.
Smith siempre se había inspirado en Sir Clem Renouf, el expresidente de Rotary International que contribuyó a poner en marcha la lucha de la organización contra la polio. Y el viaje de Smith al hospital de Tanzania le dio fuerzas para luchar contra la malaria. Él considera que los avances de Rotary hacia la erradicación de la polio pueden servir de buen modelo para combatir la malaria, siempre y cuando los científicos logren desarrollar las vacunas adecuadas.
Dan Perlman, presidente del Grupo de Acción de Rotary contra el Paludismo, cree que los avances en materia de vacunas, junto con mejores medidas de control, hacen que la erradicación de la malaria sea una posibilidad real. El grupo de acción apoya proyectos que proporcionan mosquiteros, drenan el agua estancada, distribuyen larvicidas y fumigantes de efecto residual para interiores, y capacitan a los trabajadores de la salud comunitarios para diagnosticar y tratar la malaria sin complicaciones, así como para derivar los casos más complejos. En los países donde se han introducido las vacunas contra la malaria, los trabajadores de la salud comunitarios están informando a la población sobre ellas para apoyar las campañas de vacunación.
“La vacunación es claramente la clave para erradicar la malaria”, afirma Perlman, un médico especialista en enfermedades infecciosas ya jubilado que se convirtió en uno de los primeros médicos estadounidenses en vacunar a un bebé contra la malaria cuando visitó Uganda durante la fase inicial de implementación de la vacuna el año pasado. Destaca los retos que plantean las vacunas de primera generación, como la necesidad de cuatro dosis y la disminución de su protección con el paso del tiempo, pero cree que nos encontramos en medio de una «revolución de las vacunas» que verá la llegada de varias vacunas de próxima generación en los próximos años. “Me imagino que, en menos de una década, tendremos al menos tres o cuatro vacunas aprobadas contra la malaria: tendremos una vacuna para viajeros y otra para adultos”, afirma Perlman, socio del club rotario de Carbondale, Colorado.
Los socios de Rotary celebraron recientemente la certificación de la OMS de que Timor-Leste está libre de malaria. Han estado apoyando a este país insular del sudeste asiático y a otros países de la región mediante la distribución de mosquiteros tratados con insecticida, el suministro de máquinas de fumigación de efecto residual y herramientas de diagnóstico, y la realización de campañas de educación para la comunidad.
“En los próximos 30 a 40 años, hay una alta probabilidad de que eliminemos la malaria de la Tierra”, afirma Perlman. “Realmente dependerá de los recursos, el financiamiento y el apoyo que se destinen a esto”.
A pesar de los avances, el camino por delante es incierto. La falta de fondos sigue siendo un desafío constante. La OMS había estimado que, para 2025, se necesitarían 9,3 mil millones de dólares al año para controlar la malaria a nivel mundial y cumplir con los objetivos de eliminación. Pero en 2024 solo se gastaron 3,9 mil millones de dólares. Esto hace que sea mucho más difícil alcanzar la meta mundial, establecida en 2015, de reducir los casos y las muertes por malaria en al menos un 90 por ciento para 2030.
“La falta de financiamiento ha provocado importantes brechas en la cobertura de mosquiteros tratados con insecticida, medicamentos y otras herramientas que salvan vidas, especialmente para quienes son más vulnerables a la enfermedad”, afirma la OMS. Ya estamos observando un aumento en la resistencia a los medicamentos y a los insecticidas, así como cepas de malaria que no son detectadas por las pruebas de diagnóstico estándar.
Los mosquitos también se están comportando de manera diferente. El cambio climático está creando nuevos hábitats cálidos y húmedos que favorecen la propagación de los mosquitos, incluida la especie asiática Anopheles stephensi, que está invadiendo África y se desarrolla con éxito en las zonas urbanas. Varias especies de mosquitos pican al aire libre y durante el día, cuando hay menos personas protegidas por un mosquitero. “La situación general es realmente preocupante”, afirma Eliane Pellaux-Furrer, especialista técnica en vacunas contra la malaria de la OMS. “También sabemos que la malaria es una enfermedad que resurge muy rápidamente”, afirma.
Las interrupciones en las medidas de control durante la pandemia de COVID-19 provocaron un resurgimiento de la malaria, lo que da una idea de lo que nos espera con los recortes de financiamiento. Si bien ha habido una “enorme demanda” y una gran aceptación de las vacunas actuales contra la malaria, Pellaux-Furrer señala que “desafortunadamente, no pueden implementarse a la escala que les gustaría debido a las limitaciones de financiamiento”.
Ahora será más fácil introducir vacunas nuevas y mejores contra la malaria, ya que las innovadoras vacunas Mosquirix y R21 han permitido desarrollar la infraestructura y los calendarios de vacunación necesarios, afirma.
Los ensayos de fase 1 de PlasProtecT costarán alrededor de 10 millones de dólares australianos, y se buscan unos 30 millones de dólares australianos para los ensayos de fase 2, con el fin de evaluar su eficacia en niños de zonas endémicas. Los investigadores de Griffith esperan que los datos estén disponibles para 2028 y que la vacuna pueda implementarse y evaluarse en varias zonas endémicas de malaria en los años siguientes. Pero la ciencia es impredecible. “Hay que ser tenaz”, dice Stanisic. Volviéndose hacia Good, le pregunta: “¿Cuántas veces hemos pensado que ya sabíamos qué teníamos que hacer y, de repente, se nos presenta otro obstáculo?”
Pase lo que pase, el trabajo que ellos y otros investigadores están realizando dará lugar a otros avances aún desconocidos. Y Stanisic y sus colegas siguen mostrándose decididos y comprometidos. Mientras la amenaza persista, tienen que estarlo, dice ella. “Que haya niños muriendo de malaria es lo que me da fuerzas para seguir adelante”.
Esta historia se publicó originalmente en la edición de abril de 2026 de la revista Rotary .