


Más de una docena de buceadores salpican las aguas turquesas de la piscina, nadando en grupos de tres y cuatro con trajes de neopreno oscuros y máscaras. Conversaciones animadas, chapoteos y algún que otro grito de alegría atraviesan el aire húmedo y con olor a cloro, en marcado contraste con el frío que hace afuera en esta mañana de enero.
Para un observador desinformado, las personas que se encuentran en la piscina de una escuela secundaria en los suburbios de Chicago son indistinguibles unas de otras. Pero Jim Elliott, socio del Club Rotario de Downers Grove, Illinois, conoce a los distintos grupos y sabe por qué están aquí: los instructores que dirigen las sesiones, los compañeros de buceo que actúan como acompañantes de seguridad y los buceadores novatos, que están aprendiendo a desenvolverse en aguas profundas a pesar de padecer autismo, lesiones cerebrales, parálisis y otras afecciones. Algunos de sus familiares también están aprendiendo a bucear. Todos se han reunido para una sesión mensual de piscina abierta organizada por Diveheart, organización sin fines de lucro fundada por Elliott que enseña a personas con discapacidad mediante un enfoque conocido como buceo adaptado.
Bill Bogdan se acerca al borde de la piscina. Es un día emocionante para este padre de 55 años, voluntario y miembro de la Directiva de la organización: Dos de sus hijos están aprendiendo a bucear para prepararse para un viaje familiar a México este verano.
Mientras sus hijos escuchan atentamente al instructor, Bogdan decide unirse a todos en la piscina. Sus musculosos brazos se tensan mientras se baja de su silla de ruedas. Aterriza bruscamente en el suelo, luego desplaza sus piernas, que están paralizadas, hacia el agua y se empuja para meterse en ella. Sale a la superficie con una sonrisa. “Es uno de los únicos lugares del mundo a los que puedo ir sin necesitar mi silla de ruedas”, dice.

Diveheart, organización sin fines de lucro, ofrece “terapia de buceo” a personas con diversas discapacidades.
Cuando Elliott fundó Diveheart en 2001, su visión era sencilla: Quería acercar el buceo, un deporte que le apasionaba, a las personas con movilidad reducida. Intuitivamente, pensó que alguien con, por ejemplo, una lesión en la médula espinal podría beneficiarse de la ausencia de gravedad en el agua. Su objetivo era hacer que el buceo fuera más accesible y acogedor para todos.
“Para mí, lo emocionante es cuando un buceador mira hacia abajo por primera vez y exclama: ‘¡Dios mío, estoy de pie!’. No estoy en mi silla de ruedas”, dice Elliott.
Sin embargo, lo que aprendió rápidamente es que la “terapia del buceo”, como la llaman Elliott y otros, puede beneficiar a personas con toda una serie de afecciones físicas, cognitivas y mentales. Además de entrenar a buceadores con parálisis, incluidas personas con paraplejia y tetraplejia, Diveheart ha entrenado a personas con parálisis cerebral, esclerosis múltiple, visión limitada o ceguera, esclerosis lateral amiotrófica, autismo y trastorno de estrés postraumático, entre otras afecciones.
Los instructores y compañeros voluntarios de Diveheart reciben entrenamiento en buceo y en “empatía” para poder tener en cuenta las necesidades de los buceadores adaptados. Esto puede implicar, por ejemplo, inmovilizarles las piernas o los brazos y necesitar la ayuda de otras personas para colocarse y quitarse la máscara.
Durante esos sesiones de entrenamiento, en particular, Elliott dice que siente cómo aflora su orgullo rotario. Es un trabajo exigente: hay que aprender cuál es la mejor manera de ayudar a una persona que quizá no pueda comunicarse verbalmente, o que utilice una silla de ruedas y deba ser trasladada de forma segura hasta y desde una embarcación, así como al agua. Según él, por su propia naturaleza, las sesiones se rigen por el espíritu de Dar de sí antes de pensar en sí. Los valores de Rotary son los valores de Diveheart.
Las sesiones de Diveheart cerca de su sede de Downers Grove tienen lugar en piscinas y lagos profundos de Illinois y Wisconsin, y hay filiales de Diveheart en otros lugares de Estados Unidos y del mundo. Esta organización sin fines de lucro ha establecido relaciones con complejos turísticos y operadores de buceo de todo el mundo, y organiza viajes en grupo a destinos como las islas caribeñas de Cozumel, Granada y Roatán. A menudo, familias enteras se unen a esos viajes, y para muchos es su primera aventura internacional.
“Le digo a la gente que esto realmente no se trata del buceo”, dice Elliott. “Se trata de llevar a una persona con discapacidad y crear un cambio de paradigma. Así que ahora ya no es ‘Johnny en silla de ruedas’. Es ‘Johnny el buceador’. Después ellos siguen adelante y asumen otros retos”.
Después de que Amber Rangel quedara paralizada de cintura para abajo tras un accidente practicando esquí acuático y estuviera a punto de ahogarse, no quería saber nada del agua. Antes del accidente, esta joven de 20 años era una deportista semiprofesional de esquí acuático descalzo, y se deslizaba a toda velocidad por el agua en competiciones de eslalon y acrobacias. Después del accidente, bastaba con que le salpicaran unas gotas de agua en la cara mientras se bañaba para que se le desbordaran las emociones.
Esta nueva realidad, que incluía el uso de una silla de ruedas, le resultaba agobiante. “Muchos de mis amigos se iban a la universidad, formaban una familia o simplemente hacían las cosas más geniales que puede hacer un veinteañero”, dice ella. “Mientras yo tenía problemas de incontinencia y miedo a ducharme”.

Amber Rangel se prepara para un salto en la piscina de la Universidad de Illinois en 2022 y se lanza al agua en Utila, Honduras, en 2016.
Fotografías de: Adora Rangel
Rangel descubrió que le gustaba el esquí en nieve adaptado, y dos de sus instructores, también voluntarios de Diveheart, la animaron a que se planteara practicar el buceo. Lo pensó durante mucho tiempo antes de aceptar la invitación. Superó su miedo al agua y, cuando se metió en la piscina, empezó a ver nuevas posibilidades. “Era una oportunidad de hacer algo diferente y nuevo”, afirma. Se sintió aliviada al estar en el agua, de pie, sin sentir el peso de su cuerpo y lejos de su silla de ruedas.
Hasta entonces, Rangel no había pensado mucho en viajar, pero le atraía la idea de bucear en el océano. Se unió a un viaje en grupo de Diveheart a Cozumel, frente a la península de Yucatán (México), y eso le despertó una gran pasión. Poco después, viajó a Honduras y buceó con instructores de Diveheart. Descubrió que el buceo era una vía hacia la serenidad y le permitía desprenderse de la gravedad; se trata más de lo que se siente que de lo que se ve. “Quiero dejar la silla de ruedas”, dice ella. “Y me gusta poder flotar”.
Esas primeras experiencias de viaje le dieron confianza, hasta el punto de volver sola a Honduras cada pocos meses, para bucear durante el día y alojarse con algunos lugareños o en un albergue por las noches. A ella le gustó mucho la gente del lugar y le resultaba más fácil desplazarse en silla de ruedas que en su ciudad natal. “Me costaba más llegar a un Starbucks en Chicago que en Honduras”, señala. “Allí la gente me trataba de forma diferente”.
Esos viajes le ayudaron a superar gran parte de su enojo, cuenta. En Honduras, se dio cuenta de que aún tenía el control sobre quién era y en quién quería convertirse. Organizó más viajes al extranjero —a veces para bucear, otras no— y visitó Bali, Islandia y Tulum.
Antes de su lesión, Rangel había abandonado la escuela secundaria. Necesitaba una educación y un ingreso estable para seguir buceando y explorando el mundo a su manera. Obtuvo su Examen del Desarrollo Educativo General (GED, por sus siglas en inglés), se matriculó en la universidad y en 2024, a los 30 años, se graduó con honores en la Universidad de Illinois Urbana-Champaign. Ahora está en proceso de presentar su solicitud para estudiar Derecho. Y ella atribuye al buceo el mérito de haberla impulsado constantemente a superarse y a ser mejor, tanto en el agua como en tierra.

Los socios de Rotary, Tinamarie Hernández y Jim Elliott, han recibido el apoyo de otros rotarios de distintas ciudades a medida que amplían el alcance del programa.
Al principio, Elliott colgaba folletos en tiendas de buceo para buscar participantes, voluntarios e instructores. Habló de la incipiente organización en las reuniones de los clubes rotarios y se afilió a Rotary en 2003.
“Rotary ha sido un gran apoyo para nosotros desde el principio”, afirma Tinamarie Hernández, directora ejecutiva de Diveheart y socia del Club Rotario de Downers Grove. “Es importante formar parte de la comunidad y de eso se trata Rotary”.
Por ejemplo, tras una presentación en un club rotario de Oak Lawn, Elliott conoció al director de la Escuela Secundaria Comunitaria de Oak Lawn, quien le ofreció acceso a la piscina de la escuela. Hoy en día, es el programa de piscina más longevo de Diveheart, con más de una década de trayectoria.
La noticia sobre la organización se difundió rápidamente, impulsada en gran medida por el talento de Elliott para contar historias y sus contactos en los medios de comunicación. Las historias fueron destacadas en la NBC, la CNN, la revista Money, la revista Success y otros medios, y el interés se disparó. En 2008, la veterana del Ejército de los Estados Unidos, Tammy Duckworth, quien perdió las piernas en la guerra de Irak, fue noticia al bucear con Diveheart. En aquel momento era directora del Departamento de Asuntos de Veteranos de Illinois; hoy es senadora de los Estados Unidos.
Cuando instructores de buceo de otras ciudades se pusieron en contacto con ellos para preguntarle cómo crear su propia sección de buceo adaptado, Elliott les aconsejó que, ante todo, se aseguraran de contar con la participación de los socios de Rotary. “No ponemos en marcha un programa a menos que la persona con la que colaboramos organice reuniones de clubes rotarios”, afirma Elliott. “Estas son absolutamente fundamentales”.
En 2010, Diveheart contó con un estand en la Convención de Rotary International celebrada en Montreal. Allí, Elliott conoció a unos rotarios de Haifa (Israel) que querían poner en marcha un programa de buceo para niños con autismo. Colaboró con ellos para recaudar fondos para adquirir equipo de buceo y otros materiales.
Elliott calcula que, en todo el mundo, se han creado unas 50 organizaciones sin fines de lucro dedicadas al buceo adaptado gracias a la capacitación y el apoyo de Diveheart. Aunque algunas de ellas se consideran filiales de Diveheart, la mayoría son organizaciones sin fines de lucro independientes. “Nuestro objetivo ahora es impulsar el buceo adaptado en todo el mundo y seguir mejorando nuestras prácticas de capacitación para convertirnos en un referente de las mejores prácticas”, afirma.

El instructor de buceo, Bruce Bittner, se lanza al agua durante un entrenamiento en la piscina de una escuela secundaria en Oak Lawn, Illinois.
Diveheart también ha captado la atención de los profesionales médicos. Elliott suele dar charlas en congresos médicos sobre los beneficios de la terapia de buceo. En las ferias de buceo, Diveheart organizó simposios sobre buceo adaptado que atrajeron a investigadores, médicos, profesores y terapeutas. Además, en los últimos años, Diveheart comenzó a ofrecer créditos de formación continua para profesionales del ámbito médico.
Algunos estudios de investigación a pequeña escala indican que el buceo podría tener beneficios cuantificables para las personas con trastorno de estrés postraumático, autismo y discapacidades físicas. Richard Moon, investigador en medicina del buceo en la Facultad de Medicina de la Universidad de Duke, afirma que, según la experiencia popular, se sabe que el buceo mejora el estado de ánimo, alivia la depresión y la ansiedad, y ayuda a las personas a relajarse. “La gente suele decirme: ‘Bueno, soy muy ansioso, pero en cuanto me meto en el agua, lo paso fenomenal’”, señala.
Moon conoció Diveheart a través de un colega médico. “Hay muchas razones por las que algunas personas no deberían bucear, al menos según las normas”, afirma. “Poder llevar a personas con diferentes tipos de discapacidad y permitirles bucear es algo fabuloso”.
Verónica DeJong conoció Diveheart hace dos años mientras asistía a un grupo de apoyo para personas con lesiones cerebrales traumáticas. En aquel momento, tenía 29 años y no sabía nadar.
Solo tres años antes, DeJong había sufrido un dolor de cabeza tan intenso que llegó a vomitar y a ver doble. En el hospital, le diagnosticaron coágulos de sangre en los senos venosos del cerebro que le estaban provocando una acumulación de presión en los nervios ópticos. “Tenía todos los síntomas de un derrame cerebral”, dice ella.

La buceadora adaptada, Verónica DeJong, recibe ayuda para ponerse la máscara.
Después de lo ocurrido, seguía viendo doble. La terapia visual le ha ayudado, pero su orientación espacial y su percepción de la profundidad siguen alteradas, al igual que su memoria a corto plazo. Hacer varias cosas a la vez puede resultar abrumador, y ya no puede conducir.
Cuando DeJong se enteró de la existencia de Diveheart, le encantó la idea de lanzarse a algo nuevo y diferente. Aunque le daba miedo el agua, se sintió animada por su reciente problema de salud. “Solo me decía a mí misma que superé coágulos de sangre en mi cerebro. Entonces puedo hacer esto”.
Con el tiempo, pasó de la parte menos profunda de la piscina de Oak Lawn a la parte más profunda, aprendiendo a nadar al mismo tiempo que aprendía a bucear. En el agua, no tiene que preocuparse por si tropieza y se cae, como le pasa en tierra. Además, siempre bucea con compañeros que saben que tiene problemas de memoria, y ella sabe que puede contar con ellos.
Gracias a Diveheart DeJong viajó en 2024 a las Islas Caimán con un grupo de mujeres y buceó en el océano por primera vez. Las tormentas redujeron el tiempo real de buceo, pero el viaje, en general, se sintió como un triunfo. Era la primera vez que DeJong salía de Estados Unidos y eso le hizo sentir que todo era posible. “Todo el mundo tiene capacidades diferentes. Solo estoy redefiniendo cuáles son mis capacidades”, afirma. “Aceptar mi nueva normalidad ha sido difícil, pero hacerlo a través de Diveheart ha sido increíble”.

El buceador adaptado, Adarsh Akula, prepara su equipo junto a la piscina.
De niño, Jim Elliott tuvo una vida llena de personajes pintorescos, cada uno con sus propios retos. Su padre era un veterano del ejército que utilizaba una silla de ruedas y aparatos ortopédicos para desplazarse. “Crecí esquivando sillas de ruedas en el hospital de veteranos”, dice riendo.
Más tarde, la hija de Elliott, Erin, nació ciega. Cuando tenía unos 9 años, los niños del colegio se burlaban de ella por sus ojos, y se volvió obstinada. “Dejó el bastón y se negó a aprender braille”, recuerda.
A finales de los años 80, un compañero de trabajo habló a Elliott de una organización llamada American Blind Skiing Foundation, que enseña a esquiar acompañados de guías a personas con ceguera o deficiencia visual. En cuestión de días, Erin ya estaba bajando por las pistas, y su padre vio cómo crecía su confianza. Iba a la escuela y contaba historias sobre sus fines de semana en las pistas, embriagada por su nueva identidad: Era esquiadora. Al mismo tiempo, Elliott se convirtió en guía de esquí y trabajó como voluntario en la organización durante unos 25 años, mucho después de que Erin creciera y haya seguido adelante. “Vi cómo cambiaba muchas vidas”, afirma.
Desde que tiene uso de razón, Elliott siempre ha tenido ganas de probar cosas nuevas y estar preparado para cualquier situación. Estudió periodismo en la universidad en los años 70, en la época en que el oceanógrafo Jacques Cousteau deleitaba a los telespectadores con sus descubrimientos submarinos.
“Como joven periodista, pensaba que si alguna vez conocía a alguien como Jacques Cousteau, más me valía saber bucear”, señala Elliott. Quedó fascinado por el mundo que descubrió bajo el agua. “Era como ser un superhéroe, flotando en medio de un cruce”, dice. “La experiencia que viví a nivel físico, mental y espiritual fue tan intensa para mí que supe, en algún momento, que quería ser instructor”.
No fue hasta mucho más tarde en su vida —después de formar una familia y desarrollar una exitosa carrera como ejecutivo de ventas de publicidad en medios de comunicación— cuando volvió a plantearse la idea de enseñar a bucear a otras personas. Quería ver cómo el buceo cambiaba vidas del mismo modo que lo había hecho el esquí. Dejó su trabajo y su sueldo de seis cifras para fundar Diveheart, con la esperanza de crear una pequeña organización sin fines de lucro en el área de Chicago que utilizara piscinas locales y tal vez organizara alguna excursión a una cantera o a la costa de vez en cuando. No tenía ni idea de la gran acogida que tendría el buceo adaptado, ni de lo mucho que Rotary contribuiría a impulsar su crecimiento.
De cara al futuro, Elliott tiene la mirada puesta en su próximo y ambicioso objetivo: el proyecto de piscina profunda Diveheart, que se construirá en un terreno donado al norte de Chicago. Ha estado trabajando con arquitectos e ingenieros para diseñar una piscina que sería la más profunda del país, con 40 metros de profundidad, lo que permitiría a los buceadores descender a profundidades similares a las del océano sin tener que desplazarse hasta la costa ni lidiar con las inclemencias del tiempo. Diveheart está recaudando fondos para construir la piscina, que contará con varios niveles y un diseño telescópico patentado. Una vez construida, se utilizará con fines de investigación, rehabilitación, educación y capacitación, y ofrecerá oportunidades de formación profesional a personas de todo nivel de capacidades.
Desde que tiene memoria, el agua ha sido una parte importante de la vida de Bill Bogdan. Cuando solo tenía 8 meses, le diagnosticaron un tipo de cáncer en la columna vertebral llamado neuroblastoma. La extirpación del tumor le provocó una parálisis en las piernas. La natación y la hidroterapia le ayudaron a fortalecer los músculos, y sus padres instalaron una piscina elevada. Un amigo de la secudaria le despertó el interés por el buceo, lo que le llevó a obtener la certificación a través de la Handicapped Scuba Association.
Bogdan aún se emociona cuando recuerda su primer viaje de buceo en las Bahamas, cuando tenía veintitantos años. El equipo de buceo no le permitió subir a la embarcación su silla de ruedas porque temían que no fuera estable en el mar agitado. Al principio, se resistía a dejar la silla, pues rara vez se separaba de ella. Pero en cuanto se metió al agua, se sintió como una persona diferente. “Durante tres horas, casi me olvidé de que tenía una discapacidad, porque pude hacer tres inmersiones”, dice. “Y durante todo ese tiempo, estuve sin silla de ruedas, sin nada”. “Estaba en el agua, nadando, observando la vida marina, admirando los corales... simplemente pasándola de maravilla”.
Más tarde, se emocionó al descubrir la existencia de Diveheart y se unió a la organización como voluntario, con muchas ganas de ayudar a otras personas con discapacidad a disfrutar del buceo. Su experiencia también ha animado a todos los miembros de su familia a aprender a bucear: primero, a su esposa y a su hija mayor, y ahora, a los dos niños que están hoy en la piscina.
Si todo sale según lo previsto, su primera inmersión en el mar como familia tendrá lugar este verano en un viaje de Diveheart a Cozumel. Es algo con lo que Bogdan ha soñado durante años, y está impaciente por contar las historias cuando regrese.
“Siempre le digo a la gente: no dejes que tu discapacidad sea un impedimento”, afirma. “No hay nada que no puedas hacer”.
Este artículo se publicó originalmente en el número de agosto de 2025 de la revista Rotary.