Grandcolas tenía mejores conocimientos, ya que había sido socio del Club Rotario de San Miguel de Allende-Midday, en México, el cual había diseñado proyectos que recibieron subvenciones globales. Grandcolas formó un grupo de entusiastas de las subvenciones globales en el Distrito 5230 y desafió a los socios a proponer una nueva idea. Fue entonces cuando Masten pensó en la reparación de automóviles clásicos.
El primer automóvil de Masten, un Pontiac Eight Cabriolet convertible de 1938 con asiento reclinable que compró por 200 dólares cuando cumplió 16 años, le daba problemas, así que aprendió a desmontar el motor. Esa es una habilidad práctica que solía enseñarse en las clases de taller de la escuela secundaria. El declive de la formación profesional en las escuelas secundarias es una de las razones por las que Masten pensó en un programa de capacitación automotriz. La otra fue la necesidad. Como propietario de dos Bentley clásicos, uno de 1937 y otro de 1954, y miembro de varios clubes de automóviles clásicos, Masten sabe que los mecánicos que saben cómo reparar esos automóviles son cada vez más escasos. «No hay nadie que sepa hacerlo», afirma Masten. «Se están jubilando y muriendo».
La definición exacta de los automóviles clásicos varía. Grandcolas incluye todo lo fabricado antes de 1983; otros dicen 1975 o incluso cualquier cosa que tenga más de 20 años. Luego están las subcategorías de automóviles de época, antiguos y de coleccionista. Lo que no se discute es que los mecánicos capacitados para trabajar con automóviles modernos no pueden pasar sin más a reparar automóviles clásicos; es un oficio totalmente distinto. En los años 80, la industria automovilística pasó rápidamente de los componentes mecánicos a los electrónicos, explica Grandcolas. Se acabaron los carburadores y los distribuidores. «Para reparar un automóvil moderno hoy en día se necesita una computadora que realice el diagnóstico», dice Grandcolas. «Esa computadora no sería útil en un automóvil clásico». Para los autos más viejos, explica, «necesitas a alguien con ojos y oído».
No es solo el interior de un auto clásico lo que es diferente. A diferencia de los automóviles modernos, que utilizan diversas piezas de plástico en el bastidor y la carrocería, los exteriores de la mayoría de los automóviles clásicos son totalmente de metal, que es más difícil de reparar y sustituir. Aunque las personas capacitadas para repararlos pueden estar desapareciendo, los automóviles clásicos no lo están. Según un estudio realizado por Hagerty, proveedor de seguros especializados para automóviles clásicos, solo en Estados Unidos hay unos 31 millones de automóviles de coleccionista.
Los rotarios sabían que existía una demanda real y que la capacitación podría ofrecer a los jóvenes la posibilidad de acceder a la universidad y a carreras bien remuneradas. Solo necesitaban un lugar en el que emprender el programa. Para ello, recurrieron a Rancho Cielo.
El rancho surgió como el sueño improbable del juez jubilado John Phillips. Phillips, un hombre delgado y alto de 81 años que juega al ráquetbol los miércoles, fue ayudante del fiscal del distrito del condado de Monterey en su juventud. Su trabajo consistía en enviar a prisión a la gente. En 1984 fue nombrado miembro del Tribunal Superior del condado de Monterey. En el desempeño de ambos cargos observó cómo las pandillas se hacían cada vez más frecuentes en el condado. Hacia el final de su carrera, se vio enviando a adolescentes a prisión de por vida. «La mayoría de estos chicos habían perdido la esperanza en el futuro», afirma. «Es muy fácil apretar el gatillo si no se tienen esperanzas ni sueños ni nada».
En 2000, Phillips fundó Rancho Cielo, programa diseñado para ofrecer a los jóvenes que cometían delitos por primera vez una alternativa al encarcelamiento y la oportunidad de un nuevo comienzo. Emprendió el programa en un terreno rural que antes había servido como centro de reclusión de menores. Phillips arrendó el terreno al gobierno y se puso manos a la obra. En 2004, el mismo año de su jubilación, con un presupuesto operativo de 75 000 dólares y casi ningún empleado, aparte de su mujer, Patti, dio la bienvenida a la primera promoción de unos doce jóvenes. A partir de ahí, Rancho Cielo creció hasta convertirse en lo que es hoy, una organización sin fines de lucro con un presupuesto de más de 5 millones de dólares y una plantilla de casi 50 empleados.