Reflexiones de un becario

As a high school junior in 1991, Mai (back row with cap) attended the Enterprise Institute of the Rotary Club of Oakland, California, USA, launching him on a path out of the ghetto.
Mai (far right, front) joins the team of counselors at the Enterprise Institute, a camp for high school students where they learn to develop and test their business skills.

En su afán por brindarnos una vida mejor de la que teníamos bajo el régimen comunista en Vietnam, mi padre decidió abandonar el país con toda la familia. Irónicamente, terminamos en un gueto de Oakland, California. Mi colegio era uno de los peores del vecindario, plagado por la violencia, pobreza y un alto índice de deserción escolar. 

Vivíamos en una calle muy transitada y los tiroteos era cosa de todas las noches. 

Cursaba el penúltimo año de secundaria, cuando recibimos la visita de un grupo de rotarios. Hablaron del Instituto para Emprendedores que patrocinaba el Club Rotario de Oakland, un campamento de tres días durante los cuales los participantes ponían a prueba sus habilidades para los negocios. El hecho de tener como trasfondo la cordillera de Santa Cruz, mientras elaboraba un plan de negocios con mis compañeros no me entusiasmaba tanto como la idea de alejarme de mi barrio por unos días. En mi mundo, los únicos negocios que existían eran las funerarias, las licorerías y los traficantes de drogas. 

El Instituto para Emprendedores me reveló una perspectiva totalmente diferente. Conocí a chicos que discutían de Platón y Shakespeare, y no de duelos pandilleros ni rifles AK-47. Fue justamente en este campamento que escuché la palabra "emprendedor" por primera vez. Rodeado de chicos que asistían a colegios muy superiores al mío, me di cuenta de lo poco que sabía. Cuando llegó el momento de analizar casos prácticos y elaborar nuestros planes comerciales, vislumbre ante mí un futuro sin rifles de asalto ni cárceles.  Al escuchar hablar a los chicos que querían ir a la universidad y abrir sus propias empresas, pensé que anhelaba las mismas cosas. Pero fui consciente de que por ser un muchacho de barrio estaba en desventaja y debía esforzarme mucho más para alcanzar las mismas metas. Y la lección más importante que recogí de ese Instituto para Emprendedores no fue cómo elaborar un plan de negocios sino un renovado espíritu de superación y realización personal.

Con los pies en tierra firme

Puesto que nuestra familia era de bajos recursos, solicité cuantas becas universitarias podía. Mandé 20 solicitudes y recibí 19 respuestas negativas por no ser ciudadano estadounidense.  El único programa de becas que me aceptó fue el del Club Rotario de Oakland. Los rotarios nos entrevistaron a mí y a mi familia, escucharon atentamente mi historia y mis planes. A pesar de que había muchos candidatos, me eligieron a mí para recibir la beca de US$ 5.000, acto que interpreté como una inmensa muestra de confianza. Gracias a la beca y otros fondos que obtuve, pude asistir a la universidad. 

Con la beca pude costearme mis gastos de manutención y libros en la University of California, Davis.  Gracias a la beca, durante mis tres primeros años, pude concentrarme de pleno en mis estudios sin preocuparme de trabajar. Mi consejero rotario, Terry Turner, siempre me preguntaba qué tal me iba, y con toda franqueza le decía lo mucho que me costaba mantenerme a flote, ya que el colegio al que asistí no me había preparado debidamente para la UC Davis, y de los tres que veníamos de la misma escuela, para el segundo semestre solo quedaba yo.  Yo seguía los consejos de Terry. El Instituto para Emprendedores fue mi trampolín, y la beca de Rotary mi motivación. 

Durante varios años trabajé para distintas compañías pequeñas hasta que en 2004 decidí independizarme en vista del éxito de Novateck PC. Tan pronto abrí mi empresa, me afilié al club de Oakland, y los socios fueron mis primeros clientes. Novateck ha crecido y tenemos ahora tres empleados. Y en lo personal, me casé y tengo dos hijitas. 

El año pasado, junto con mi esposa y mi hija mayor fuimos a Vietnam. La pequeña caleta de pescadores que dejé hace 30 años es ahora una dinámica metrópolis. El barrio de mi infancia en  Oakland también ha cambiado dramáticamente; las canchas de baloncesto donde solía jugar, se han transformado en complejos habitacionales. Pero lo que permanece intacto es el Instituto para Emprendedores del Club Rotario de Oakland. Después de 30 años, el Instituto sigue trabajando con los chicos en las montañas para motivarlos a incursionar en el mundo de los negocios. Participo activamente en el Instituto desde hace siete años y en la actualidad soy copresidente del comité organizador. No me cabe duda de que el campamento cambiará la vida de muchos adolescentes dándoles la esperanza de un futuro más promisorio, como lo hizo conmigo.

Artículo publicado originalmente en el número de septiembre de 2012 de la revista The Rotarian.

4-Nov-2013
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