Rotary y mi padre: familia y amistad

Ann Patchett autora de libros como "Bel Canto", "State of Wonder" y el más reciente "This Is the Story of a Happy Marriage", ha recibido los premios PEN/Faulkner, Orange y el Book Sense Book of the Year. En 2012, la revista Time la eligió como una de las 100 personas más influyentes del mundo.
Fotografía de: Heidi Ross

Dave Mars tenía una imprenta en Los Ángeles. Él fue quien invitó a mi padre a afiliarse al Club Rotario de Wilshire en 1982

"¿Cómo conociste a Dave Mars?", le pregunto.

Mi padre se queda pensando pero no dice nada. Mi madrastra, Jerri, trae un montón de panfletos de Rotary y unos cuantos anuarios, álbumes con 30 páginas de fotografías en blanco y negro de los socios del club y sus respectivos nombres y profesiones. Buscamos el anuario de 1982 y ahí estaba Dave Mars.

En 1982, mi padre era capitán de la Policía de Los Ángeles. "En mi trabajo era prácticamente obligatorio formar parte de un club de servicio", me cuenta. Se suponía que al conocer gente en la comunidad le sería más fácil averiguar qué problemas eran más urgentes desde el punto de vista policial. Mi padre y yo habíamos conversado sobre los disturbios en la ciudad y los casos de homicidio en los que había trabajado, entre ellos los asesinatos de Sharon Tate y Bobby Kennedy. Pensé que sería agradable charlar sobre algo que le gustase, y entonces le pregunté: "Mira papá, aquella primera vez que fuiste al club rotario, ¿te gustó?"

Sacudió la cabeza... "No.... Me sentí como pez fuera del agua, era una especie de club para iniciados".

Cuando se afilió al club de Wilshire, Los Ángeles, yo cursaba segundo año de universidad y, papá, a sus 50 años, estaba en plena forma física. Hacía gimnasia todas las mañanas, corría y hacía bicicleta fija. Ahora yo tengo 50 años y él 82. Anda en silla de ruedas como consecuencia de la parálisis supranuclear progresiva, enfermedad neurológica aun peor que el mal de Parkinson. Hasta la voz se le ha debilitado y apenas se le oye cuando habla.

"Rotary ha mejorado", me dice. Al poco tiempo de afiliarse ya había hecho varios amigos: Russ Johnson, Mike Reed, Al Woodill y Ake Sandler. El trabajo de capitán de la Policía de Los Ángeles era muy absorbente; no le quedaba mucho tiempo para socializar. Como constante recordatorio de su trabajo, en los bolsillos del saco, mi padre siempre llevaba dos revólveres de reglamento. Aunque la reunión del club era un requisito laboral, se terminó convirtiendo en un agradable paréntesis semanal para almorzar en el Hotel Ambassador con un grupo de amigos que le caían bien. Naturalmente, terminó integrándose plenamente al grupo. Me pongo a hojear los panfletos del club de Wilshire de otros años y veo una foto de Frank Patchett. Y le menciono a mi padre que en esas fotos solo se ven hombres.

"Una mujer podía asistir a una reunión como invitada", recuerda. "Si pedía permiso para sentarse en una mesa, la mitad de las veces le decían que no. Y si se sentaba sin pedir permiso, los comensales se cambiaban de mesa".

¿Los Ángeles en los 80?

"Finales de los 80", rectifica mi padre. "Ninguna mujer se afilió al club hasta 1989". En 1992, lo eligieron presidente del club. A manera de desafío, uno de los socios le dijo: "Si se afilia otra mujer renuncio". Seguramente esperaba salirse con la suya pero mi padre lo hizo renunciar. Durante su presidencia se afiliaron dos mujeres más.

Mi papá quería que mi hermana y yo viviéramos en un mundo en el que las mujeres corrieran menos riesgos que antes, tuvieran las mismas oportunidades profesionales que a los hombres y pudieran compartir una mesa en un club de servicio sin que los hombres salgan corriendo. En general, creo que mi padre hizo muy buen trabajo. En 1992 mi hermana, Heather, se afilió a un club rotario de Minnesota. Y en sus sucesivos traslados a Carolina del Sur y Tennessee se afilió a los respectivos clubes rotarios locales.

En 1999, mi padre y mi madrastra Jerri, ya jubilados, se mudaron a Fallbrook, California, localidad rural situada a dos horas al sur de la ciudad. Cuando se trasladaron solo conocían a Mike y Beth Reed, que se habían jubilado antes que ellos. Mike era uno de los amigos del club Wilshire.

"Nos invitaron a festejar Navidad con ellos", dice Jerri. "Fue la primera invitación que recibimos en Fallbrook y nos alegró mucho; no conocíamos a nadie en ese pueblo". Al poco tiempo, Mike invitó a Papá a que se hiciera socio del Club Rotario de Fallbrook.

Mi padre me cuenta que entre ambos clubes había una gran diferencia. "¿Proyectos de servicio en Wilshire? La verdad es que no había muchos", señala. Entonces aprovecho una pausa para recordarle que en Los Ángeles en 1982, los socios eran hombres como él y nadie tenía tiempo para pintar viviendas de familias de bajos ingresos o limpiar carreteras. Por lo contrario, para el Club Rotario de Fallbrook, integrado principalmente por socios jubilados y saludables, tales iniciativas tenían prioridad. Una vez al año, los socios organizaban una cena benéfica para recaudar fondos a tales efectos.

Para mi padre, cuando vivía en Los Ángeles, Rotary era una obligación de trabajo que solía cumplir en medio de jornadas agotadoras, pero su club actual responde a necesidades humanas básicas. Todos los jueves, Jerri lo lleva en su automóvil a Grand Tradition, en Fallbrook, evento que se celebra en un magnífico restaurant. Con ayuda de Jerri, llega en su silla de ruedas, y desde todas las mesas sus compañeros rotarios lo llaman. Una amiga de Papá, Connie Fish, una de las primeras mujeres que se afilió al club, forma fila para llevarle el almuerzo, y le dará de comer también, a menos que algún otro socio se ofrezca.

En enero de este año, nos tomó por sorpresa la muerte de mi cuñado Bill. Fue una enorme pérdida. Como mi padre no podía desplazarse, él y Jerri se quedaron en California, desconsolados. Pero esa semana fueron al club y compartieron su congoja con los amigos rotarios y ellos elevaron una plegaria por Bill y mi hermana y volvieron a rezar por ellos a la semana siguiente. Los rotarios también enviaron tarjetas de condolencias. Gracias a ellos no estábamos solos.

Estaba en casa de mi hermana en Tennessee y me quedé junto a ella a recibir a los presentes después del funeral y numerosas personas desconocidas me estrechaban la mano y me daban el pésame. "Conozco a tu hermana de Rotary", me decían.

Me complace que Rotary International avance en su lucha contra la polio, pero a la vez Rotary brinda un servicio que va más allá de cualquiera slogan. Rotary ha brindado amistad a los míos y cuando hacía falta algo más se han convertido en parte de nuestra familia. Ambas dimensiones de Rotary son complementarias. Por una parte tenemos una vasta campaña mundial y por otra el almuerzo de todos los jueves. Creo que éste es el logro más extraordinario de todos.

Este artículo se publicó en el número de mayo de 2014 de la revista The Rotarian

5-May-2014
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