Una idea que brinda esperanza a las niñas de Afganistán

Más de 400 niñas estudian en el centro de enseñanza Zabuli, situado en las afueras de Kabul (Afganistán). La escuela fue inaugurada en 2008 por Razia Jan (la última a la derecha), rotaria afgano-estadounidense, quien regresó a su país de origen..
Fotografía de: Foto, cortesía de la Ray of Hope Foundation, de Razia.

En 2005, a Razia Jan se le ocurrió una peligrosa idea: fundar una escuela para niñas privada y gratuita en su país de origen, Afganistán. Para evitar que las niñas pudieran estudiar los talibanes recurrían a una violencia inusitada, empleando bombas, gas venenoso, armas, granadas y hasta ataques con ácido. En 2008, el año en que fue inaugurada la escuela, los terroristas mataron a 149 profesores, alumnos y funcionarios de las escuelas de todo el país.

Pero Jan estaba decidida a no dejarse detener por los terroristas. Se dirigió a autoridades del Ministerio de Educación y las convenció de que donaran un terreno en una pequeña ciudad a unos 50 kilómetros de Kabul. En la actualidad, el centro de enseñanza Zabuli ha cumplido su sexto aniversario y a él asisten unas 400 alumnas de enseñanza preescolar, primaria y secundaria.

Sin esta escuela, muchas niñas nunca habrían tenido la oportunidad de estudiar. "Veo que ha habido un cambio en estas niñas y en la comunidad", explica Jan, quien regresó a Afganistán después de haber creado un próspero taller de confección en la ciudad estadounidense de Duxbury (Massachusetts). "El conocimiento es algo que nadie podrá quitarles".

The Rotarian conversó con Razia Jan de la experiencia que representó para ella el establecimiento de la escuela. 

The Rotarian: ¿Qué te hizo regresar a Afganistán para fundar una escuela de niñas?

JAN: Había visto las condiciones en que vivían y el maltrato que recibían las chicas. Tenía que hacer algo, y pensé: "Aquí no hay escuelas de niñas. Sería bueno establecer una". Por esas fechas, presidía el club rotario de Duxbury y decidí hacer una colecta en la que recaudamos US$ 65.000 en una noche. Eso fue en 2005, y en 2008, celebramos dos eventos a los que se invitó a Khaled Hosseini, el autor de las obras Cometas en el cielo y Mil soles espléndidos, y así pudimos recoger US$ 120.000 más. El lugar que escogimos para construir la escuela es una comunidad que consta de siete aldeas, una región pobre, en la que nunca habían visto una escuela de este tipo. Tenía la esperanza de que esa escuela ayudaría a romper el círculo de la pobreza.

¿Hubo resistencia?

JAN: El primer día que llegué a la aldea, se me acercó un hombre y mirándome de forma extraña, me dijo: "Hermana: ¿qué haces aquí? Te ruego que entres a la casa con nuestras mujeres y tomes una taza de té". Yo le respondí: "Vine aquí para construir esta escuela y me quedaré aquí hasta que esté construida. Tendrán que acostumbrarse a eso. No pienso quedarme metida en casa". Ésa fue la primera vez que una mujer desafiaba a esos hombres. La víspera de la inauguración de la escuela se acercaron más hombres (esa vez eran cuatro) y me dijeron: "Espero que te des cuenta de que aún estás a tiempo de fundar una escuela para varones". "Los varones son la base de nuestra comunidad". Les respondí: "Por desgracia, todos ustedes están ciegos, y quiero que vean la luz". Entonces se marcharon y no los vi nunca más.

¿Qué mejoras para las niñas y la comunidad se consiguieron gracias a la escuela?

JAN: Una de las primeras cosas que hacemos es enseñar a las niñas a escribir el nombre del padre para que lo lleven a la casa y se lo enseñen a los padres. Los padres vienen a verme llorando y me dicen: "Las niñas saben escribir mi nombre, y yo no". Es un momento muy emotivo. Demostré a los hombres de esas siete aldeas que eso es lo mejor que podía pasarles a sus hijas: aprender. Las niñas son más independientes, hablan con el padre y con la madre y les dicen lo que piensan. Saben hablar por sí mismas. Una vez tuvo lugar un debate en clase, y una de ellas se puso de pie y dijo: "No hay que preocuparse por lo que piensen los demás". Eso antes hubiera sido imposible.

¿Qué futuro les aguarda a estas niñas?

JAN: No quiero que dejen de estudiar aquí y me gustaría que siguieran estudios superiores, pero eso es difícil. El año que viene, cuando las alumnas mayores terminen la secundaria, quiero que sigan estudiando, y para eso pienso establecer un instituto de informática o de enfermería. Si no pueden ir a la universidad, les pondré los estudios al alcance de la mano. Les daré, como hasta ahora, toda la libertad que pueda, y un lugar en la sociedad en el que puedan hablar libremente. Sin prisas, pero sin pausas, les brindaremos un futuro más promisorio. 

Este reportaje se publicó originalmente en el número de The Rotarian de diciembre de 2013

30-Dec-2013
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