Rotary.org: Noticias - La apuesta de un<br />donante mayor beneficia a <br />estudiantes chinos

 La apuesta de un
donante mayor beneficia a
estudiantes chinos

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uando me afilié a Rotary estaba a punto de cumplir 40 años. Se podría decir que fue el momento perfecto porque mi profesión, el desarrollo de programas informáticos, no favorecía mi integración en la comunidad.

En ese momento yo me encontraba diseñando un programa para realizar apuestas en carreras de caballos. El programa cuenta con una compleja base de datos que tiene en cuenta 70 variables aplicables a cada caballo y permite que mis colegas y yo determinemos sus verdaderas probabilidades de victoria en cada carrera. Así, basándonos en los resultados obtenidos en las carreras previas, las condiciones de la pista, etc., realizábamos apuestas. Era un trabajo agotador, pero rentable y perfectamente legal.

Me pasaba los días frente al monitor de mi computadora y, como no teníamos clientes, apenas tenía oportunidades de relacionarme con otras personas. Además vivía en Hong Kong, muy lejos de mi Pittsburgh natal.

Nuestro abogado, Gilbert Collins, ya me había invitado dos veces a afiliarme al Club Rotario de Kowloon North cuando por fin me decidí a hacerlo. Supongo que habré sentido cierta inquietud porque pensaba que la afiliación a clubes de servicio no formaba parte de mi personalidad.

Los rotarios respetan todas las profesiones, y aunque la mía no tiene un componente de servicio, fui invitado igualmente. He de decir que en mi primer año de socio aprendí más sobre la comunidad que en todos mis años anteriores de residencia. Cuando echo la vista atrás, no me sorprende haber terminado participando activamente en los proyectos de servicio del club.

Escuelas decrépitas

Me gustan los números y gracias a Rotary descubrí que también siento pasión por poner mis aptitudes al servicio de las causas en que creo. Como director de servicio internacional del club mi labor consiste en establecer relaciones de colaboración con clubes de otros países.

Bruce Stinson, ex presidente del Club Rotario de Kowloon North, era amigo de Sai-Hong Choi, ex presidente del Club Rotario de Macao, quien en 1999 había tenido la oportunidad de visitar el empobrecido Condado Du’an situado en el sureste de China. La situación de muchas escuelas rurales, paredes y techos derrumbados, falta de sillas y pupitres, le había emocionado hasta las lágrimas. El club de Macao deseaba ayudar, pero no contaba con fondos suficientes y allí es donde nosotros dimos un paso al frente.

Yo sabía que tratar con la burocracia regional china y lograr que el dinero recaudado terminara llegando a su destino resultaría arriesgado, pero el riesgo ha formado parte de mi carrera profesional casi toda mi vida. Además, una vez conocí a las autoridades gubernamentales de Du’an pude comprobar su sinceridad, honradez y el enorme agradecimiento que sentían por nuestra ayuda.

El gobierno acordó aportar la mitad de los fondos y nosotros el resto, un costo total de unos 60.000 dólares para la reconstrucción de cada escuela. A mí esto me pareció perfecto, y además, el éxito que había logrado en mi profesión me permitió donar una suma considerable de dinero al proyecto.

Los clubes de Kowloon North y Macao colaboraron en la construcción de las tres primeras escuelas de la región y desde entonces, los clubes de nuestro distrito han financiado muchas más. Construir con nuestro dinero estructuras permanentes logra un impacto a largo plazo y evita su derroche. Éste es precisamente el tipo de apuesta que me gusta hacer.

Cambio de percepción

En mi caso, uno de los mayores beneficios de estos proyectos de servicio es el cambio experimentado en mi percepción del mundo. Yo esperaba encontrarme con una China tiránica y brutal, pero mis compañeros rotarios y yo aprendimos mucho durante la transformación de la escuela Long’an de un edificio en ruinas a una estructura adecuada para la enseñanza. Yo le pregunté al director si azotaban a los alumnos y él, con una mirada de incredulidad me respondió: "¿Azotar a los alumnos?” La idea no le entraba en la cabeza. Me explicó que el castigo físico está prohibido y luego me preguntó si eso se hacía en mi país. Le costaba trabajo imaginar que se me hubiera ocurrido algo semejante. Como ven, mi temor estaba totalmente infundado.

Hoy, once años después de la construcción de las primeras escuelas, Du’an ha prosperado mucho. En nuestra visita en 2008 los estudiantes ya no se sorprendían al ver nuestras cámaras, sino que nos sacaban fotos con sus teléfonos y nuestra primera escuela estaba rodeada de rascacielos.

¿Creen que yo esperaba participar en tantos proyectos de servicio, conocer a mi esposa Vivian en mi club o casarme por primera vez a los 53 años? Lo más probable es que nunca hubiera apostado por nada de ello.

Sin embargo los programas informáticos, incluso el mío, tienen muchas limitaciones. Un programa nunca podría haber pronosticado las aventuras que viví ni las satisfacciones personales que he obtenido gracias a Rotary. Contribuir a La Fundación Rotaria me llena de orgullo porque creo firmemente en su misión.

Lea el artículo completo en el número de noviembre de 2011 de The Rotarian


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